Sunday, April 25, 2021

«género» y «sexo», mapas y territorios

En ecdótica (crítica textual menor), en filología, existe el método basado en redacción para el análisis de textos. En parte, la idea es lograr aproximaciones a preguntas sobre quién, dónde, por qué, para qué se ‘le ha metido mano’ a un texto publicado en un punto en tiempo y espacio y leído en otro punto distinto de tiempo y espacio. Todo esto para asistir a quien desee lograr interpretaciones más amplias de dicho texto en aun otro tiempo y espacio.

Las palabras del lenguaje, y los conceptos que algunas refieren, son una herramienta natural para expresar y pensar. No son “leyes” de la naturaleza, sino convenciones. Por ejemplo, la palabra «sandía» y la fruta material guardan entre sí –al menos– una relación arbitraria y –por mucho– convencional. En función de un cultivo concreto, tal herramienta puede ser usada con mayor o menor destreza para lograr fines concretos de todo tipo. Si intento expresar mi deseo de comprar esa fruta en particular —mismo ejemplo—, entonces usar la palabra «sandía» contribuye a realizar ese deseo en un diálogo en español con el dueño de la frutería. Por analogía, llegar al destino deseado dependerá de la destreza con la que se use el mapa elegido. ¿Cuánto podría lograr un recién llegado turista a la ciudad de Tokio, Japón, usando un excelente mapa de la ciudad de Managua, Nicaragua? Interpretar el lenguaje, analógicamente, es cartografiar los territorios que deseamos transitar y explorar. Pero a sabiendas de que el territorio mismo no está disponible de manera directa, sino sólo de manera indirecta: a través de mapas lingüísticos, los cuales son conceptuales. Hay muchos mapas y muchos territorios por elegir al intentar lograr nuestros deseos.

A continuación, un ejemplo tomado del texto de una constitución política vigente, el cual podría permanecer vigente por muchos años, décadas, siglos o milenios: la diferencia en composición —las palabras y la estructura elegidas— entre los párrafos indicados en azul es evidencia que sugiere que fueron redactados por dos personas diferentes. Lo cual significa que no usaron el mismo mapa y, por tanto, intentan llegar a destinos diferentes.

Fuente: Constitución política de los Estados Unidos Mexicanos.

Saturday, March 13, 2021

Relatos de divinidad y de razón poética

«El hombre y lo divino» de María Zambrano es una obra clásica en español sobre la reflexión antropológica en su dimensión de la expresión escrita sobre belleza divina y razón poética.

María Zambrano parece proponer una relación íntima entre conversión personal y una transformación continua que sería parte de la condición humana. La pulsión básica detrás de tal conversión no sería otra cosa —según Zambrano— que la envidia de eso «otro» que se anhela alcanzar.

Por otro lado, la idea de conversión es recurrente en varios textos antiguos de tradiciones judeocristianas. Ya sea en textos dentro del canon establecido o por fuera de dicho canon. Me parece que esos relatos diversos alrededor de la idea de conversión aportan un notable valor literario. Se puede ejercitar tanto la exégesis como la eiségesis hermenéuticas para sacar mucho jugo de ellos para deleite personal. Por ejemplo, varios relatos gnósticos sobre la conversión espiritual basada en un saber especial, sólo para iniciados, sobre conceptualizaciones idealistas de la realidad, ha resonado en muchos tanto en la antigüedad como en el presente. Resuena en ellos la idea de que hay algo mal, algo que no tiene sentido, en el mundo material (dolor, sufrimiento, enfermedad, muerte, etc.). Esos muchos comparten una profunda intuición de no pertenecer a este mundo material, de que no tiene sentido que su vida intelectual se limite a la materia. Intuyen que al terminar la vida del cuerpo material podrán convertirse y regresar en libertad a ese otro mundo ideal que ahora anhelan. El mundo de las formas ideales de Aristocles («el divino Platón») sería un paralelo con este tipo de relatos.

Saturday, November 28, 2020

Tradiciones emocionantes

Dado que por doquier hay variedad de subsistemas judeocristianos de creencias, hoy más que nunca son muy relevantes las destrezas para interpretar mejor las numerosas copias de las antiguas tradiciones textuales de los judeocristianismos. Especialmente si en efecto no contamos con las palabras de origen (ver Sin palabras de origen).

Tal relevancia permanece ya sea si alguien toma la decisión de conocer mejor su propio subsistema judeocristiano de creencias o si ese mismo alguien toma la decisión de deconstruir su propia teoría teológica personal.

Más aún si ese mismo alguien luego toma la decisión de enmendar alguno de esos textos antiguos por medio de publicar una nueva edición —como ha ocurrido numerosas veces a lo largo de los siglos: nuevas interpretaciones han sido publicadas y nuevas palabras se han puesto en la boca de cualquiera de los personajes en esos antiguos relatos. Las enmiendas parecen ser inevitables pues las audiencias inevitablemente siempre son diferentes al siempre haber nuevas generaciones de jóvenes que escuchan o leen los relatos por primera vez en su lengua propia.

Así, esos jóvenes podrían disfrutar, al menos por algún tiempo, de la dulce ilusión infantil de que sí existe un mensaje judeocristiano “originario”. Esa dulce ilusión infantil de recibir un mensaje personal desde el pasado remoto y desde un ámbito cósmico puede ser motivo de muchas lindas emociones en una mente juvenil. Las culturas judeocristianas, como otras culturas, también procuran tradiciones emocionantes para sus mentes jóvenes y eso puede ser edificante en tanto permanezcan como tradiciones inofensivas; es decir, sólo durante cierto rango de edad intelectual y no para toda su vida adulta.

Saturday, June 8, 2019

¿Tan sólo otra forma de judaísmo?

¿Es acaso el «Antiguo Testamento» una narrativa propia de la cristiandad?

¿Por qué existe una sección llamada «Antiguo Testamento» en la típica Biblia usada por la cristiandad hoy en día? ¿Por qué los cánones judeocristianos (católicos, protestantes, griego-ortodoxos, coptos, etc.) incluyen esos textos de tradiciones judaicas?

¿Por qué la cristiandad se apropia de un conjunto de tradiciones textuales judaicas y se las confiere bajo el nombre de «Antiguo Testamento»?

¿Es acaso la cristiandad tan sólo otra forma de judaísmo?

En parte, por estas indagaciones abandoné el uso de la palabra «cristiano» para referir un miembro cualquiera de la cristiandad. Ahora me parece más apropiado decir «judeocristiano» pues pienso que se aproxima mejor a una realidad histórico-crítica.

Sunday, April 28, 2019

Jesús, el así llamado Cristo, y las mitologías

Si Jesús, el así llamado Cristo, era un campesino judío de clase baja en la antigua Palestina, entonces las tradiciones textuales de la Biblia llegan a nosotros desde las culturas judeocristianas.

Jesús, el ser humano histórico, muy probablemente, era semi-analfabeto: no sabía escribir. Entonces, en realidad no sabemos cuáles fueron sus ideas y sus acciones. Sus propósitos, sus metas, sus puntos de vista, sus enseñanzas, sus acciones, fueron escritos por otros, décadas y siglos después de su tiempo, fuera de la antigua Palestina y por autores greco-romanos de clase alta.

Y, sin embargo, la Biblia y las culturas judeocristianas son muy importantes para comprender mejor la mezcla de culturas que existe hoy en día.

Por ejemplo, cómo funcionan los mitos judeo-cristianos (en el sentido antropológico). Los relatos por los cuales hay muchas actitudes mesiánicas en todo el mundo hoy en día con paralelos hacia las profecías del Mesías y otros elementos de tales relatos. Como el concepto del Evangelio, y la salvación, y la trama entre las fuerzas del mal contra dios, y demás elementos de ese tipo.

Es un conjunto muy complejo y fascinante de temas de la erudición histórica y antropológica.

Friday, May 11, 2018

¿Quién fue Jesús?

¿Quién fue Jesús, el así llamado Cristo o Mesías judío? ¿Qué dijo de sí mismo? ¿Quién dijo que él era? ¿Cuál fue su aportación central? ¿Qué dijo –por un lado– la persona histórica, aquel judío aldeano en la Palestina antigua, y –por otro lado– qué ha sido dicho por sus impostores a lo largo de veinte siglos a la fecha?

Estas preguntas pueden ser semillas de indagación seria para quienes están interesados no en instituciones sectarias ni tradiciones fanáticas sobre Jesús, sino en la persona histórica per se.

No hay evidencia histórica de que tal persona haya escrito, por mano propia, al menos uno de sus ideales o de sus enseñanzas. No hay evidencia de que tuviese intención de dejar un legado escrito para la posteridad. Quizá sus intenciones no contemplaron ninguna posteridad como la que hoy habito. Tal vez nunca quiso legar su mensaje para una posteridad en la que alguien como yo –no judío– pudiese entenderlo a cabalidad, a él –su vida y su muerte– y a su mensaje central.

Está claro que la Biblia es un muy complejo conjunto de textos antiguos y de orígenes judíos. Entender los judaísmos antiguos es requisito para entender a la persona histórica de Jesús, el así llamado Cristo o Mesías judío. Si no se entienden esos judaísmos, entonces uno corre el grave riesgo de malinterpretar tales textos antiguos: uno puede aceptar la insulsa idea de que las palabras en griego koiné de hace veinte siglos traducidas al castellano actual son palabras dirigidas a uno mismo. Si uno comete esa equivocación, entonces, analógicamente, la situación sería como si alguien leyera la fábula ‘Los tres cerditos y el lobo feroz’ y concluyera que su mensaje central es que la especie porcina puede construir casas a base de ladrillos.

El arameo era la lengua hablada en la Palestina antigua. Al parecer, no sobrevivió ningún texto escrito en arameo de aquella época en la Palestina antigua pues no contamos con ninguno. Los escritores afuera de aquella Palestina antigua escribían, típicamente, en el idioma más ampliamente utilizado en el Imperio Romano: el griego. Las más antiguas copias disponibles de los evangelios canónicos neotestamentarios están escritas en griego. Por lo que parece que los autores de esos textos vivieron fuera de Palestina y los escribieron décadas después de que Jesús había muerto.

Para evaluar por qué esos autores pusieron esas palabras en boca de Jesús, y para qué lo hicieron, se requiere aplicar el escrutinio histórico-crítico a esos textos antiguos.

Wednesday, November 29, 2017

Sin palabras de origen

Si los manuscritos autógrafos se han perdido en las arenas del tiempo y los textos “originales” ya no existen, sino que sólo nos llegan copias de copias de copias de copias de copias, de traducción de traducción de traducción de traducción, entonces ¿en qué sentido podemos decir que sabemos, por ejemplo, lo que pensó Aristocles (Platón) o Eurípides o lo que pensó el autor anónimo al que se le atribuye la composición escrita del evangelio neotestamentario de Juan?

Las aproximaciones críticas a esos textos antiguos guardan los rasgos de una incertidumbre articulada; es decir, entre otras cosas, se elaboran con esmero las distinciones pertinentes entre lo que sí o no se puede decir de manera justificada.

Por supuesto, hay otros tipos de aproximación a dichos textos antiguos que también pueden ser aproximaciones edificantes. Por ejemplo, aproximaciones devocionales, poéticas, teológicas, literarias, etc. Cada una con su propio conjunto de sistemas pertinentes de interpretación.

En cualquier caso, una interpretación edificante no tropieza con los excesos de una certidumbre desarticulada y obcecada. En el caso de los textos neotestamentarios, por ejemplo, tal es aquella posición que en el fondo afirma saber algo que no se tiene manera de conocer: con la bandera de la “confianza en Dios” se afirma saber que una voluntad en un supuesto ámbito sobrenatural determinó un propósito a los hechos históricos y que, a pesar de tales hechos, guardó dicho propósito a lo largo del trascurrir de los siglos.

Podría ser ese el caso; sin embargo, a decir de la abundante evidencia, no se guardó ningún propósito a las claras; es decir, no ocurrió ningún milagro por el cual los manuscritos autógrafos fuesen conservados, sino que se perdieron. Por lo cual también está en duda el milagro de la supuesta “inspiración divina” por medio del cual los autores llegaron a conocer las palabras que escribieron —las cuales, precisamente esas palabras escritas de origen, son las que no se conservaron por ninguna acción sobrenatural.

Además, si tomo a la fe como una forma de confianza, entonces precisamente no hay bases para justificar semejante confianza. Es decir, podría ser un grave error teológico insistir en que ocurrió una acción sobrenatural como ‘determinar’ o ‘guardar’ cuando no hay bases para tal insistencia.

Saturday, October 14, 2017

Lectoescritura y judeocristianismos

Si tiene usted algún interés, amable lector, en la diversidad de judeocristianismos, y es usted dado al examen crítico, a la reflexión y a la retrospectiva, entonces convendrá usted en la relevancia que tienen en el asunto las habilidades superiores de lectura. Me refiero al asunto de entender esa diversidad a lo largo de los siglos. Me refiero, también, a la habilidad para lograr una interpretación justa, balanceada, sobria a partir de un texto escrito.

Los judeocristianismos son fenómenos histórico-sociales, muy relacionados con antiguas tradiciones religiosas textuales; es decir, son fenómenos religiosos basados en la lectura y en la veneración de determinados textos –incluso algunas veces referidos como «textos sagrados» o «sagradas escrituras».

Analizar el acto de lectura y de interpretación de textos es, pues, una actividad requerida para entender tal diversidad de judeocristianismos.

¿Qué es leer un texto? Entre muchas otras consideraciones, se toma en cuenta que existe una intención del autor y también existe una intención del lector. Ambas, por separado y cada una en su propio contexto, son relevantes para intentar una aproximación al significado del acto de lectura.

Por ejemplo, un acto de lectura hecho durante el segundo siglo de la Era Común no es el mismo acto de lectura ocurrido hace quince días –aun cuando supuestamente se trate de un mismo texto. En este ejemplo, para iniciar, sabemos que el texto no es el mismo y el lector no es el mismo y sus contextos son muy distintos: lo que tenemos hoy es una copia del texto y el lector no podría tener una edad, digamos, mayor a 150 años.

Un análisis de la diversidad de judeocristianismos requiere considerar la pregunta sobre la habilidad lectora de quienes en diferentes épocas históricas han leído determinados textos de dichas tradiciones religiosas. En no pocos casos tal habilidad fue muy precaria y eso es determinante para un entendimiento más realista de los hechos sociales relativos a los judeocristianismos. Por ejemplo, con frecuencia no pocos lectores de siglos posteriores torpemente creyeron que el autor se dirigía a ellos, cuando en realidad el autor dirigió su mensaje a una audiencia en un contexto distinto al contexto del lector posterior.

Wednesday, July 5, 2017

El alfabeto griego

El alfabeto griego es relevante para el análisis histórico-crítico de textos antiguos. Una razón es que ese es el alfabeto de la lengua en las copias manuscritas más antiguas que están disponibles en el presente. Ya sea de la antigüedad griega clásica como de la antigüedad judeocristiana —las cuales son dos de las corrientes culturales más influyentes en las culturas occidentalizadas del presente. Por ejemplo, tanto las tragedias de Esquilo como todo el Nuevo Testamento judeocristiano nos llegan al presente en ese alfabeto.

Indagar la historia de estas corrientes culturales y sus textos antiguos es relevante para cualquiera que busque desarrollar una madurez tanto intelectual como emocional. Tal indagación se justifica tan sólo por ser un ciudadano con un mínimo de conciencia de que sus valores, creencias y hábitos, su cosmovisión, son seguramente resultado no de una decisión propia sino de procesos culturales a su alrededor. La conciencia histórico-cultural de uno mismo, como individuo, es algo tan importante que no puede dejarse en manos de prelados jerárquicos, ya sean religiosos o seculares.

Por ejemplo, ¿qué dice Aristóteles sobre la así llamada «filosofía primera» y cómo eso guarda, en los hechos, una relación directa con la que creo es “mi” cosmovisión actual? ¿Cuáles son las interpretaciones justificables, en la diversidad de judeocristianismos, de la noción de «Palabra de Dios» que se han aceptado en la historia de la Humanidad desde hace dos mil años y cuántas veces se menciona tal noción en las copias manuscritas disponibles de las tradiciones textuales del Nuevo Testamento?

Saturday, February 25, 2017

Lectoescritura y ecdótica — Parte II

Un hecho filológico es que existen múltiples copias manuscritas antiguas del llamado evangelio canónico de Marcos. Pero no todas esas copias son exactamente iguales. Hay muchas diferencias menores que no tienen importancia. Sin embargo, hay algunas diferencias que no pueden descartarse como insignificantes pues simplemente no son diferencias menores. Un ejemplo notable está en el mismísimo primer versículo.

En muchas copias manuscritas se lee en griego koiné:

ρχ το εαγγελίου ησο χριστο.

En castellano actual:

«Principio del evangelio de Jesucristo.»

En otras muchas copias manuscritas se lee en griego koiné:

ρχ το εαγγελου ησο Χριστο υο θεο.

En castellano actual:

«Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios»

No hay manera de saber cuál copia manuscrita es la más cercana a lo escrito originalmente por la mano del autor —quienquiera que haya sido el autor, pues el texto es anónimo; la atribución a alguien llamado Marcos ocurrió siglos después de la composición del texto—, tan sólo se pueden hacer especulaciones teóricas sobre la posible redacción autógrafa.

El hecho ecdótico es que hay muchas copias con «Hijo de Dios» y muchas otras sin esas palabras. No parece una diferencia menor pues las implicaciones son enormes para preguntas básicas como ¿quién fue Jesús?, ¿qué se creía de Jesús en las comunidades antiguas que hicieron las copias con esas palabras, y qué se creía en las comunidades que hicieron las copias sin esas palabras?

Sunday, February 5, 2017

Lectoescritura y ecdótica — Parte I

El humano es un ser social —aun el ermitaño anacoreta se dedica a la contemplación y a convivir consigo mismo. Una vida humana saludable incluye una perenne serie de encuentros, desencuentros y reencuentros con los semejantes —sean cercanos o remotos. La lectoescritura personal y privada también es una manera de socializar, de encontrarse con otros —sean cercanos o remotos en el tiempo.

Similar a lo escrito por Nicolás Maquiavelo —uno de los renacentistas más malinterpretados—, también me ocurre, a la hora del día para el tiempo personal, un tipo de entusiasmo por llegar a mis compromisos sociales con personas remotas, a través de la lectoescritura personal y privada. Si el ejercicio de la lectoescritura es un diálogo —como dicen algunos literatos y antropólogos—, entonces un diálogo con Bertrand Russell, o con Karel Kosík, o Mario Bunge, o Hans Küng, o Denise Dresser, o con Lev Tolstói, etc., no puede más que ser algo muy emocionante.

Bien por ese entusiasmo, cavilo, en tanto esté acompañado del tipo de prudencia que involucra cada nivel de lectoescritura. No es lo mismo leer el periódico de hoy que leer el resultado a la fecha del devenir histórico de algún texto escrito en un pasado remoto.

Por supuesto, lo técnico y lo lego también se aplica para la lectoescritura. Se requiere un conjunto distinto de destrezas para interpretar lo dicho en un encuentro presencial y casual que para interpretar un texto de hace cinco, cien, quinientos o dos mil años. Si las diferentes habilidades de lectoescritura ofrecen diferentes niveles de intelección, entonces un mismo texto puede ser releído e interpretado de múltiples maneras y con diferentes grados de profundidad.

Por ejemplo, si leyera alemán académico del tiempo entre 1781 y 1787, años de la primera y segunda edición de la «Crítica de la razón pura», entonces podría leer los manuscritos originales de Immanuel Kant —dado el acceso a tales manuscritos autógrafos. En tal caso lograría una interpretación de ese texto distinta a otra interpretación lograda si sólo puedo leer una traducción directa del alemán académico de esa época al castellano actual. Es decir, si desconozco el alemán académico de esa época, entonces no puedo leer la obra de Immanuel Kant, sino una obra distinta: la traducción al castellano actual a partir de las ediciones iniciales. ¿Cómo saber si ambas interpretaciones son equivalentes? Para sopesarlo se requiere conocer ambos idiomas, cada uno dentro de su propio contexto cultural: el alemán académico de esa época y el castellano actual. De esa manera se lograría una representación justificada de lo dicho en el alemán académico de aquella época, la cual podría contrastarse con la representación hecha a partir del castellano actual. Para la mayoría de nosotros hoy, tan sólo tendremos oportunidad de aproximarnos a las obras traducidas a un idioma contemporáneo, sin tener nunca acceso directo a lo perdido durante el proceso de traducción.

Por fortuna es posible tomar algo de conciencia del proceso de traducción; por ejemplo, al considerar las aproximaciones de esfuerzos filológicos sobre algún texto antiguo. En particular los esfuerzos en ecdótica, o crítica menor, que indaga preguntas como: ¿cuáles pueden ser las palabras originales escritas por la mano del autor? Un esfuerzo concienzudo de traducción suele partir de ese tipo de aproximaciones; incluso al traducir la misma lengua pero de contextos culturales distintos en tiempo y geografía. Claro, esas aproximaciones no están libres de dificultades textuales que quedan registradas en el llamado «aparato crítico» del texto en cuestión. Si el aparato crítico registra ambigüedades, entonces el traductor podría agregar anotaciones al respecto en el texto traducido para advertir al lector, pero no todos los traductores lo hacen. Algunos traductores incluso ignoran por completo la existencia de un aparato crítico.

En una siguiente ocasión daré ejemplos de diferencias textuales en la traducción de escritos de Bertrand Russell, Mario Bunge y el evangelio de Marcos en el canon del Nuevo Testamento. Así como algunas implicaciones de tales diferencias.

Saturday, September 3, 2016

¿Qué es la crítica textual?

La crítica textual es una disciplina filológica* que estudia los fines y los medios de la edición de textos. La crítica textual también se llama «ecdótica» o también «crítica menor». La ecdótica es diferente de la crítica mayor o alta crítica, la cual es una disciplina historiográfica orientada por un método de indagación llamado histórico-crítico.

*la filología es la ciencia que estudia una cultura tal como se manifiesta en su lengua y en su literatura, principalmente a través de los textos escritos.

La ecdótica es una práctica muy diferente a la crítica literaria. La ecdótica se ocupa de qué ha sido escrito y cómo se explica históricamente la existencia del texto, no se ocupa de qué significa eso que ha sido escrito ni del porqué un método de interpretación sería más adecuado que otro para determinado contexto. Es decir, la ecdótica determina la medida en que es posible conocer las palabras que realmente fueron escritas de origen por el autor, cuáles palabras fueron escritas en ediciones posteriores del mismo autor y cuáles palabras fueron omitidas o agregadas por copistas o editores en el tiempo.

Quien hoy en día ejerce la ecdótica determina cuáles palabras pueden ser impresas para la publicación de obras cuyos manuscritos originales se han perdido en el tiempo, o se cuenta con múltiples ediciones del mismo autor, o sólo se cuenta con diversas y discrepantes copias del original —copias que quizá hayan sido hechas a lo largo de varios siglos y en contextos históricos diferentes.

Quien ejerce la ecdótica no propone ninguna interpretación en particular de un texto. Otros profesionales, de diversas disciplinas, dependen de los resultados de la ecdótica para entonces interpretar un texto y proponer lo que podría ser algún significado del mismo. La ecdótica no es hermenéutica. La hermenéutica es la disciplina de la interpretación, y tiene su propio desarrollo y ámbito de competencia –los cuales son independientes de los de la ecdótica, aunque relacionados por razones evidentes.

Mauricio Beuchot explica, en su obra Perfiles esenciales de la hermenéutica, que la hermenéutica trata de comprender los textos, «lo cual es —dicho de manera muy amplia— colocarlos en sus contextos respectivos. Con eso el intérprete los entiende, los comprende, frente a sus autores, sus contenidos y sus destinatarios, estos últimos tanto originales como efectivos.» La hermenéutica –aclara Beuchot– nos muestra una cara múltiple, con gran diversidad de planteamientos, desde el extremo de la univocidad hasta el extremo opuesto de la equivocidad. Tanto hay hermenéuticas bíblicas como también hay hermenéuticas filosóficas, teológicas y literarias. Las disciplinas hermenéuticas abarcan un enorme y diverso panorama que incluye, por ejemplo, a las tres ciencias de la literatura: Historia de la literatura, Teoría literaria y Crítica literaria.

La ecdótica es uno de los cimientos más importantes que sostienen a las disciplinas hermenéuticas. Ver también, por ejemplo: ¿Para qué la ecdótica?, La práctica ecdótica.

Otras distinciones relevantes para pensar más:

Crítica textual vs Crítica literaria

Ecdótica vs exégesis

Filología vs hermenéutica

Hermenéutica vs exégesis

Gimnasia vs magnesia

Unívoco vs equívoco

Friday, August 26, 2016

Historia e interpretación

¿Cómo podemos conocer la realidad histórica de algo que sea importante? Si quisiéramos contar con conocimiento confiable de algo que supuestamente ha ocurrido en siglos pasados y en lugares distantes, ¿qué haríamos?, ¿cómo saber?

¿Cómo funcionan los estudios históricos? ¿Es posible establecer una “realidad histórica” más allá de una especulación argumentada basada en evidencia documental? Si todas las narraciones en esa base documental coinciden, entonces eso no es verificación de “la realidad histórica” del asunto, sino sólo que la especulación más probable aún no ha sido refutada. Por otro lado, si las narraciones no coinciden, entonces ¿cuál sería la narrativa más digna de confianza o debe ponerse en tela de juicio toda la base documental?

Mi interés en la reflexión histórica proviene del asombro que me provoca esa colosal pregunta: «¿De dónde venimos?» —por supuesto, no se puede saber con certeza sino sólo podemos intentar aproximaciones teóricas. La clave del asunto, entonces, está en mejorar nuestra destreza para evaluar teorías históricas.

Por ejemplo —con intención controversial—, se dice que algunos textos bíblicos son históricos; supuestamente uno de ellos es el texto llamado Hechos de los Apóstoles. ¿Describe alguna realidad histórica? Pero, ¿qué se puede concluir de las narrativas disímiles de un mismo hecho: la conversión de Pablo? Relatadas supuestamente no sólo por testigos oculares sino por el mismísimo Pablo en los versos 9:1-19 y de nuevo en el capítulo 22 y luego en el 29. ¿Cómo y por qué se constatan tantas variantes de un mismo hecho supuesto narrado por la misma persona involucrada?

Anselmo, el así llamado ‘padre’ de la escolástica, sugiere que primero se establece la fe —claro, se refiere a su particular tipo de fe católica— y sólo así se puede llegar a un entendimiento. Además sugiere que el sentido inverso nunca será posible; es decir, que no es posible entender una teología católica sin primero contar con la firme base de la fe católica particular. Tal sugerencia, por analogía, corresponde al papel que juega la teoría cuando un científico intenta explicar un fenómeno natural; es decir, no es posible hacer una interpretación consciente de un hecho experimental sin antes considerar la base conceptual sobre la que se apoya tal interpretación.

Una diferencia, por supuesto, es que Anselmo no está dispuesto a cuestionar su fe, mientras que el científico tiene conciencia de que la relación entre teoría y experimento no es unidireccional, sino que el experimento puede afectar a la teoría.

Así que poner a la ‘fe’ como respuesta final ante toda pregunta o indagación crítica sobre los manuscritos antiguos de las tradiciones judeocristianas no es otra cosa que una pésima forma de escolástica, i.e., filosofía de la escuela.

Sunday, April 24, 2016

¿Qué significa “estudiar la Biblia”? – Parte 2

¿Qué es la Biblia? ¿Por qué es importante esa pregunta? ¿Es importante sólo para los judeocristianismos o también lo es para una persona en búsqueda de una mayor conciencia histórico-crítica de su sociedad? ¿Cómo es la Biblia diferente de, por ejemplo, el Bhagavad Gita, o el Corán, o cualquier otro conjunto de textos antiguos? Y, quizá una de las preguntas más relevantes, ¿para qué sirve la Biblia?

Por fortuna, la Biblia no tiene dueño, sino que es del dominio público; es decir, nadie tiene el derecho exclusivo de monopolizarla. Eso significa que las personas, cualquiera, o cualquier institución, tenemos libertad para usarla, copiarla, representarla e incluso editarla. ¡Cualquiera podría corregirle la plana a quienes hayan sido los autores!

De hecho, justo eso es lo que ha ocurrido muchas veces: los editores de la Biblia se han tomado todo tipo de libertades desde hace veinte siglos y han hecho pública la versión que les ha parecido más conveniente para sus intereses. Tanto es así, en los hechos, que quizá una parte de la respuesta a la última pregunta del párrafo inicial sea: para editarla.

Por supuesto, lo primero que hay que impugnar es si “cualquiera” puede realmente “corregirle la plana” a esos textos antiguos. No cualquiera, claro, lo puede hacer de manera responsable y con plena conciencia de lo que hace. Aun así, muchos, muchos, a lo largo de veinte siglos se han considerado aptos para editar los textos de la Biblia. ¿Quién lo ha hecho, cuáles fueron las ediciones, cuándo fueron hechas, por qué razones, para qué?

Un grave tropiezo sería tomar la práctica común de la edición de textos bíblicos como si fuese un acto de manipulación o algún tipo de conspiración en contra del indefenso e inerme público en general. El tropiezo estaría en suponer acríticamente que el objetivo principal de cada edición haya sido hacer público algo que es falso: una mentira. Hay múltiples y variadas razones detrás de las ediciones o enmiendas o adaptaciones a la Biblia. Un ejemplo muy básico de esas razones ha sido poner esos textos a la disposición de personas que somos analfabetas en hebreo, o griego koiné, o copto, o siriaco, o cualquiera de los idiomas en que fueron escritas las múltiples copias bíblicas existentes.

La Biblia, como conjunto de textos antiguos, ha sido objeto de enormes intereses históricos, religiosos, políticos, sociales, económicos, filológicos, etc., a lo largo de muchos siglos. La complejidad que gira alrededor de esas diversas inclinaciones hacia la Biblia, así como la complejidad del contenido mismo de dichos textos antiguos, ha sido también otra razón de interés por parte de no pocos estudiosos.

En círculos religiosos populares se escuchan todo tipo de afirmaciones acerca de las ediciones o enmiendas o adaptaciones en los textos bíblicos; por ejemplo, que ninguna enmienda modifica ninguna de las creencias centrales de algún judeocristianismo en particular. Tal afirmación refleja más una reacción emocional que una conciencia histórico-crítica del asunto. Tal afirmación es imprudente —por no decir insulsa y fanática— en la medida en que desaliente el examen crítico del asunto. Por el contrario, quien esté realmente interesado en la Biblia —y no en mantener prejuicios—, hace bien en investigar por cuenta propia cómo pensar críticamente y cómo aplicar tal facultad básica a la lectura de los textos antiguos de la Biblia.

Por fortuna, dichos textos están cada vez más disponibles para los interesados. Incluso en páginas públicas en Internet; por ejemplo: http://www.earlychristianwritings.com

Saturday, December 26, 2015

¿Qué significa “estudiar la Biblia”? – Parte 1

¿Qué significa “estudiar la Biblia”? Vamos por partes. Primero, ¿qué es ‘estudiar’? —aunque, claro, si vamos a ir por partes y pensando con más detalle las palabras y sus intenciones, entonces esta nota propone a su audiencia la necesidad de estar en esa sintonía intelectual en particular, aquella de pensar con más detalle; de otro modo, sin la disposición de hilar más fino las ideas, entonces esta nota pierde su sentido.

Si por estudiar se entiende ‘recibir enseñanzas en las universidades o en otros centros docentes’ –incluyendo congregaciones de crianza y adoctrinamiento religioso–, entonces ese ‘estudiar’ es recibir una programación cultural en particular. La vida en sociedad, la granja de la cultura, funciona, en parte, inculcando o programando ideas, conceptos, valores, principios, hábitos y prácticas en los demás. El efecto de este tipo de estudio es quedar debidamente programados para funcionar en determinado tipo de sociedad. Este ‘estudiar’ es una acción que ejerce un ambiente cultural sobre el individuo y el ejercicio es de tipo docente: centrado en la enseñanza; es decir, encausar al otro en determinada manera de interpretar un tema.

Por otro lado, si por estudiar se entiende ‘ejercitar el entendimiento para alcanzar o comprender algo’, entonces este otro ‘estudiar’ es una acción que ejerce el individuo sobre el ambiente cultural a su alrededor y el ejercicio es de tipo cognitivo: centrado en el aprendizaje; es decir, desarrollar el conocimiento propio sobre un tema e intentar hacer aportaciones al ambiente cultural.

Por supuesto, la enseñanza y el aprendizaje se complementan para lograr una educación. Pero hay muchas educaciones posibles; por ejemplo, hay educación moral, educación política, científica, secular, religiosa, histórica, filosófica, educación cívica, etc. ¡Vaya!, que hay muchas maneras para encausar a la gente y múltiples formas de encausarse uno mismo. Lo recomendable es tener amplitud de miras para evitar los múltiples tropiezos de las diversas formas de fanatismo; por ejemplo, el tropiezo de afirmar que la nuestra es “la mejor” educación por encima de todas las demás.

Pensar en la idea de ‘estudiar’ nos condujo a pensar sobre enseñanza, aprendizaje y educación. Todo esto porque recién consultaba el texto griego del Nuevo Testamento en la siguiente página: www.gntreader.com.

Saturday, October 24, 2015

Quemar lo diferente

La pintura aquí mostrada de Pedro Berruguete retrata una disputa entre el sacerdote católico Domingo de Guzmán Garcés y los cátaros albigenses en la que los libros de ambos fueron arrojados al fuego y los libros de Domingo fueron milagrosamente preservados de las llamas. La pintura refleja un vehemente anhelo por tener la razón por encima de una opinión diferente.

En su escrito titulado Almansor, el poeta alemán Heinrich Heine escribió en 1821:

“Das war Vorspiel nur. Dort, wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen.” — “Eso fue sólo el juego previo. Ahí donde se queman libros se acaba quemando también seres humanos.” — “That was but a prelude; where they burn books, they will ultimately burn people as well.”

El genocidio cátaro en el año 1244 durante la cruzada albigense, ejecutado bajo el grito analfabeta: “¡Dios así lo quiere!”, es un ejemplo de semejante atrocidad; su preludio sería la despótica censura de textos durante el proceso del canon bíblico siglos atrás. La siniestra quema de libros, en 1933, por alumnos de la Universidad Friedrich Wilhelm en Berlín llegó a ser el preludio aludido por Heine de lo que después fue el Holocausto judío.

Hay una correlación histórica entre quemar libros y quemar a las personas que los escribieron o los leyeron. Algunas palabras escritas han representado algo potencialmente muy peligroso, tanto es así que se ha buscado desaparecerlas en las llamas de la más brutal censura. Tanto así se condenaba lo que era considerado como aberración o como falsedad que no sólo se buscó desaparecer a las palabras sino también a quienes las expresaban. Pero tan vehemente indignación en contra del supuesto error provoca la sospecha sobre la realidad del caso: si lo que dicen las palabras resulta intolerable a tal grado y es en absoluto inaceptable concederles ni un solo trozo de razón, entonces por qué sería necesario hacer algo para destruirlas en lugar de simplemente dejar que el error se desvanezca por su propia inverosimilitud. Por supuesto, una respuesta extrema como la quema de libros, y la quema de sus escritores y lectores, suele ocurrir no a favor de la verdad ni a favor de la ilustración de las masas sino a favor de un dominio monopólico sobre el asunto.

La quema o censura de libros representa miedo, ignorancia e intolerancia ante una opinión diferente. Una mentalidad de blanco y negro absolutos es incapaz de aceptar y tolerar la heterodoxia. Una mentalidad basada en extremos tacha y condena como herejía a todo lo que no es capaz de comprender. Una persona con semejante mentalidad se auto-convence de que su deber es aplastar y extinguir lo que no entiende.

Las mismas llamas que arden e intentan extinguir las supuestas palabras de la equivocación también arden en el pecho de los enfermos de poder y de los culpables de una avaricia extrema por tener siempre toda la razón.

Los proyectos de investigación ecdótica que utilizan métodos histórico-críticos suelen ofrecer versiones muy distintas de la historia que las versiones populares. Una historia popularizada, de tipo escolar, suele convertirse en propaganda de una sola perspectiva. Una razón de tal efecto es que lo popular suele aceptarse acríticamente y, además, porque se ignora qué es la historiografía y cómo funcionan los relatos históricos. Al imperar un literalismo analfabeta se cae en un realismo ingenuo, el cual cree que la realidad histórica absoluta es lo que dicen literalmente esos relatos. Digamos, por analogía, que ocurre la misma tontería si alguien cree que debe volar como un pájaro al escuchar “¡Vete volando!” cuando se le dice que debe darse prisa.

Tal tropiezo de interpretación es similar a lo mencionado en el artículo «Joan Ramon Resina: “No hay que confundir la historia con la realidad”». La incompetencia para interpretar adecuadamente los relatos históricos suele producir amargas e innecesarias escisiones sociales. Digo innecesarias pues son del todo artificiales ya que provienen de confundir como “realidad” lo que representan los relatos historiográficos.

«La historia es un relato: una construcción retrospectiva a base de seleccionar elementos susceptibles de plasmar una cierta coherencia y de descartar otros que no encajan en la trama escogida. Confundir el producto historiográfico con la realidad es siempre peligroso.» —Joan Ramon Resina

Saturday, August 15, 2015

¿Quién editó la Biblia?

¿Qué es un editor autorizado? ¿En qué condiciones un editor autorizado podría adulterar lo dicho por el autor? ¿Cuándo un editor puede «corregirle la plana» a un autor? ¿Quiénes fueron los editores, autorizados o no, tomemos por caso, de la Biblia? Es decir, ¿quiénes han enmendado ese conjunto de textos antiguos? ¿Qué enmiendas se han hecho, cuándo, dónde, cómo, por qué y para qué?

¿Qué relación habría entre investigar esas cuestiones y la madurez espiritual? ¿Qué es la madurez espiritual y qué relación guarda con los procesos de transformación personal hacia una adultez autónoma? Si hoy es difícil para un adulto lograr una autonomía financiera sostenida, ¿acaso sería más asequible lograr, al menos, una total autonomía intelectual? —Todas estas preguntas han sido objeto de indagación más profunda por parte de quienes se ponen a sí mismos en la sintonía adecuada para ello. Por ahora regresemos al asunto de la edición.

¿Qué hace un editor? ¿Qué tipo de relación hay entre el autor y el editor de un texto? Cualquiera que investigue un poco sobre los procesos editoriales a través de los cuales hoy se logra publicar algún texto podrá constatar que en tales procesos confluyen una diversidad de intereses sobre no pocos aspectos alrededor de lo publicado. En el esfuerzo editorial confluyen diversos objetivos de tipo financiero, profesional, cultural, etc., y tal esfuerzo intentaría armonizar el logro del mayor número posible de tales objetivos.

Por supuesto, el esfuerzo editorial en la época presente no es exactamente el mismo que durante los primeros cuatro siglos antes de la formación del canon cristiano. Por ejemplo, el papel hoy es un artículo común mientras que en la antigüedad conseguir unas cuantas hojas de papel era algo muy exclusivo y reservado para ciertas minorías selectas con los recursos adecuados. Por lo que poner por escrito algo en la antigüedad representaba un suceso no tan común como lo es hoy, pero publicar algo en la antigüedad implicaba un esfuerzo editorial con objetivos específicos, tal como hoy.

Un editor toma decisiones sobre lo que intenta hacer público. Por ejemplo, lograr el canon textual cristiano –es decir, la lista oficial de textos antiguos que representan públicamente al cristianismo– implicó decidir, entre muchos posibles textos, cuál texto sería incluido y cuál sería excluido de tal canon. No importa si quienes tomaron esas decisiones se reconocían o no como editores autorizados de la Biblia, lo que importa es que de hecho lo fueron.

La Biblia ha sido objeto de muchas decisiones editoriales y cada decisión provino del conjunto de intereses del esfuerzo editorial en turno para lograr sus propios objetivos específicos. Un ejercicio básico de crítica textual demuestra que se tomaron decisiones para enmendar muchos de sus textos; es decir, para lograr lo que en algún punto se consideró como algún tipo de mejora o para de plano remover algo considerado erróneo. Hay muchas enmiendas menores y algunas enmiendas mayores, pero vayamos al grano: ¿han ocurrido enmiendas que afectan alguna doctrina central del cristianismo?

Por supuesto, para aproximarse a tal pregunta sería necesario primero aclarar qué es una doctrina central del cristianismo. Hay diversidad de posibilidades pues no hay un consenso indiscutible acerca de cuál conjunto de doctrinas representa lo central en toda la pluralidad de cristianismos desde sus inicios.

Por ejemplo, para algunos sistemas doctrinales cristianos la divinidad de Jesucristo es una creencia central, pero hay otros sistemas doctrinales cristianos para los cuales la divinidad de Jesucristo no sólo no es central sino que además es una creencia falsa, y por muy buenas razones según tales otras doctrinas.

Los métodos de estudio histórico-crítico aplicados a los textos bíblicos, desde hace un par de siglos, han servido para analizar las ardientes controversias ocurridas en los primeros siglos del cristianismo por dominar el campo teológico de entonces. Cada partido o facción contendía por ser la más cercana al cristianismo original y lo argumentaba respaldándose en los textos a su disposición, ya sean editados o falsificados, que les servían para intentar adjudicarse la ortodoxia del cristianismo. Sin embargo, no hay un consenso unánime entre los historiadores textuales pues cada facción incurrió en sus propias ediciones o falsificaciones. Al parecer, ningún partido cristiano se contuvo de hacer las ediciones o falsificaciones que más convenían a sus propios intereses.

Saturday, July 18, 2015

¿El original?

¿A qué nos referimos cuando decimos que tenemos un texto original tal como fue escrito o dictado por el mismísimo autor? Si decimos tener acceso directo a un texto original manuscrito, ¿acaso con eso pretendemos decir que podemos lograr exactamente los mismos pensamientos que el autor, sin importar toda distancia tanto en el tiempo como en el espacio?

Quizá la lectura de cualquier texto está teñida con las preconcepciones del lector y una lectura atenta deberá reconocer la necesidad de distinguir entre lo agregado por el lector y lo que dice realmente un texto. Lo mismo se aplica para la lectura del presente texto o si leemos textos antiguos, como los textos bíblicos o los textos de, por ejemplo, Giambattista Vico.

En esta ocasión quiero invitar a pensar pausadamente en lo que puede significar la idea referida cuando decimos un “texto original” pues en la disciplina histórica de la crítica textual –es decir, la ecdótica– suele haber una variedad de posibilidades.

Si por texto original se entiende lo primero que cronológicamente fue escrito sobre papiro, pergamino o papel entonces cabe preguntar si ese original es lo que realmente quiso decir el autor. No todo autor tiene la misma capacidad para redactar con claridad prístina al primer intento, muchos autores suelen requerir varias ediciones para empezar a comunicar su intención original. Otros autores suelen cambiar de opinión o ajustar lo que querían decir una vez que releen lo originalmente escrito. Para analizar un ejemplo basta que uno mismo intente redactar una composición sobre alguna idea de importancia personal con al menos una cuartilla de extensión y publicarla para saber si logramos en realidad comunicar nuestra idea, o simplemente releerla al día siguiente o una semana después.

La primera edición de un texto puede ser la original cronológicamente pero no en todos los casos representa la intención original del autor. Una investigación en crítica textual —que es algo muy distinto de la crítica literaria, aunque ambas disciplinas pueden fecundarse mutuamente— representa el esfuerzo de analizar y constatar la evolución histórica de lo escrito por un autor. A partir de esa indagación, una subsiguiente investigación en crítica mayor o análisis histórico-crítico podría proponer, o refutar, sistemas de interpretación para poder llegar a afirmar, o negar, la evolución de la intención histórica de un autor.

Aún si contáramos con un manuscrito original de puño y letra de un autor, eso no justifica afirmar que una interpretación nuestra en el presente sea idéntica a la intención del autor en el tiempo y en la distancia histórico-cultural. Podríamos especular sobre cuál podría ser la intención ajustada de ese autor dadas las condiciones de un contexto presente, por ejemplo: “¿Qué opinaría Adam Smith o Karl Marx del mundo socio-económico de hoy?”, pero nada evita que por nosotros mismos debemos prepararnos para interpretar cada vez mejor los textos antiguos dadas las condiciones de nuestra propia situación actual. Los textos de Adam Smith, Karl Marx, Pablo de Tarso o Giambattista Vico requirieron la destreza de esos autores para ser creados, y esos autores redactaron –es decir, ordenaron sus ideas– como seres históricos, así mismo se requiere de nuestra destreza para ordenar nuestras ideas sobre economía, epistemología o cristianismo en nuestro propio contexto actual y sin pretender tomar como principio de autoridad que contamos con “el original” de algún texto antiguo.

Saturday, June 6, 2015

Amuleto

Hoy en día muchos ciudadanos con acceso a bibliotecas y con el hábito de reflexionar sobre la experiencia –propia y de otros– logran ir más a fondo en su investigación de la realidad de un asunto. Así logran cada vez hacer mejores distinciones entre mera apariencia y la realidad subyacente; para empezar, se requiere interés y ganas de aprender, es decir de mejorar o cambiar la mentalidad propia en dicho asunto. Por otro lado, hay también quienes no albergan disposición alguna para cuestionar su mentalidad sobre un asunto dado pues imaginan que todo lo que pueda conocerse de tal asunto ellos ya lo saben y creen que las preguntas al respecto están enteramente cerradas.

Por ejemplo, el asunto de la administración de proyectos para crear soluciones de negocio basadas en software, o el asunto de la interpretación de textos antiguos (como la Biblia o la «República» de Aristocles), son asuntos en donde abunda un profundo analfabetismo; es decir, no se tiene conciencia de que se desconocen aspectos muy básicos ya plenamente documentados desde hace décadas o siglos, respectivamente, sobre la creación de software y sobre la historiografía occidental. Algo irónico es que sobre esos asuntos suelen escucharse vociferantes afirmaciones sobre “la altísima prioridad” y “la enorme importancia” de algún proyecto de desarrollo o de alguna ideología religiosa, y al mismo tiempo, con frecuencia, tal prioridad e importancia nunca llega a la mejora o cambio de mentalidad sino que se queda tan sólo en vociferaciones y en hacer más de lo mismo.

Por supuesto, la sugerencia, en esta breve perorata, es pensar y hacer más como aquellos ciudadanos aludidos al inicio de mi párrafo inicial. Es decir, como aquellos que usan un libro no como amuleto, talismán o fetiche, sino como medio de transmisión de algo en la historia de un asunto.

Algunos miembros de partidos religiosos en la antigua Palestina solían llevar consigo frases de sus textos sagrados escritas en pequeños pedazos de metal, madera o tela. A tal objeto se atribuía la virtud de alejar el mal o propiciar el bien; es decir, se usaba como amuleto. A decir de cómo muchos hoy usan un libro, pareciera que aún esa superstición sigue vigente.

Un libro no debe ser un objeto de culto o fetiche, ya sea la Biblia o la República, «El Capital» de Karl Marx o «La riqueza de las naciones» de Adam Smith, sino como medio para analizar, para reflexionar, para cuestionar, para dudar y para pensar sobre las experiencias de otros en la historia de un asunto.

Además, si se toma más en serio la historia de un texto, entonces los esfuerzos de los profesionales en filología, en ecdótica y crítica textual suelen ofrecer mucho material para la reflexión sobre el asunto del texto en cuestión.

Monday, April 13, 2015

¿Falsificación justificada?

El crítico textual también indaga evidencia de falsificaciones, ya sea en textos antiguos o contemporáneos, ya sea filosóficos, políticos, religiosos, etc.; es decir, evidencia de textos que afirman haber sido escritos por un autor famoso o influyente, pero que en realidad fueron escritos por alguien desconocido que intentó poner sus propias palabras en boca de ese autor famoso e influyente para dar la apariencia de que ese autor piensa como él. Señalaré a continuación una controversia histórica.

¿Acaso entre sectas cristianas todavía hoy se discute quién es y quién no es un “falso maestro”? Después de los enconados conflictos en el interior del cristianismo, hace más de 20 siglos, sobre cuál es “la sana enseñanza”, quizá hoy debiera quedar claro que ninguna de sus numerosas sectas posee el monopolio del “evangelio verdadero”. O quizá lo que quedaría claro es que ese fanatismo es un rasgo propio de algunos cristianismos —enfatizo «algunos cristianismos» pues no todos los cristianismos comparten ese rasgo.

La acusación de “falso maestro” suele encender una de las emociones más típicas del talante cristiano fanático, y la prende tanto en el acusador como en el acusado: el ardor por ser dueño de la verdad cristiana más grande.

El contenido particular de tal verdad ha variado desde entonces, según el partido al que han pertenecido el acusador y el acusado; así que no ha habido una sola “verdad cristiana más grande”. Lo que permanece constante es la implicación de que si el acusador es dueño de esa verdad, entonces por fuerza el acusado es dueño de una macabra mentira y el acusador está obligado a someter a toda costa a su oponente. El acusado, a su vez, está por completo convencido de exactamente lo mismo, pero hacia su acusador. Ambos, acusador y acusado, dirían a la vez que estaban “bajo ataque” o que “la verdad estaba siendo atacada”.

Por ejemplo, los conflictos entre judeocristianos y cristianos no judíos durante los primeros siglos de la Era Común: ¿debían circuncidarse y convertirse al judaísmo aquellos no judíos que se hicieran cristianos? La batalla, al parecer, la perdieron al final los judeocristianos, pero no les faltaban argumentos a su favor; p. ej., todo cristiano debe por supuesto circuncidarse y seguir la ley judía pues Jesús era judío, sus seguidores eran judíos, ellos y Jesús mismo enseñaron la ley judía, Jesús era el Mesías judío enviado por el Dios judío al pueblo judío. Por lo que seguir a Jesús claro que significa circuncidarse y convertirse al judaísmo. Punto. Fin de la discusión (al menos para los judeocristianos de ese entonces).

En ese entonces, décadas o siglos posteriores a la muerte de los apóstoles de Jesús, pero antes de la formación del canon bíblico novotestamentario, lo único que podría resolver este tipo de conflictos sería contar con un texto que tocara el tema en cuestión y que haya sido escrito por alguien reconocido como autoridad cristiana: algún apóstol de Jesús.

En el ardor de este conflicto, como en muchos otros casos documentados, tanto acusador como acusado pudieron verse en una desventajosa situación: estar totalmente convencidos de su posición pero no contar con un texto apostólico que la respalde. Ante tal situación no pocos optaron por inventar un texto que resolviera el conflicto a su favor y simular que fue escrito por algún apóstol de Jesús. Muchas de esas falsificaciones fueron con claridad identificadas y rechazadas en el proceso de formación del canon bíblico cristiano, siglos después. Pero, según argumentan no pocos eruditos en crítica textual, no en todos los casos se logró esa identificación. Por lo que la pregunta pertinente es: ¿podría haberse aceptado un texto falsificado como parte del canon bíblico novotestamentario? De ser así entonces ese texto quedó preservado en el canon bíblico y los textos de los oponentes quedaron olvidados o destruidos.

Este tipo de controversias son parte del material estándar en las materias de la crítica textual hoy en día. Relacionado con el conflicto del ejemplo mencionado, el texto de la carta a los Colosenses, supuestamente escrita por el apóstol Pablo, está en medio de una de esas controversias. El acusador en ese ejemplo puede ser quien haya escrito la carta a Colosenses y no el apóstol Pablo. Así lo argumentan críticos textuales como John J. Gunther, Thomas Sappington, Richard DeMaris, Clinton Arnold, Troy Martin, entre muchos otros, pues han estudiado a fondo el caso y no han quedado convencidos de la autoría registrada en el canon bíblico. Entre otras razones, estos críticos apuntan a las inconsistencias en el texto de Colosenses con respecto a otros textos cuya autoría del apóstol Pablo casi por completo carece de cuestionamientos.

Otros textos del canon cristiano, supuestamente escritos por el apóstol Pablo, también están involucrados en controversias similares: Efesios, 2ª Tesalonicenses, 1ª Timoteo, 2ª Timoteo y Tito.

El asunto deja mucho espacio para la ironía: siendo el canon bíblico cristiano un conjunto de textos que apelan a una supuesta verdad, pero que esté plagado de supuestas falsificaciones.