Saturday, August 15, 2015

¿Quién editó la Biblia?

¿Qué es un editor autorizado? ¿En qué condiciones un editor autorizado podría adulterar lo dicho por el autor? ¿Cuándo un editor puede «corregirle la plana» a un autor? ¿Quiénes fueron los editores, autorizados o no, tomemos por caso, de la Biblia? Es decir, ¿quiénes han enmendado ese conjunto de textos antiguos? ¿Qué enmiendas se han hecho, cuándo, dónde, cómo, por qué y para qué?

¿Qué relación habría entre investigar esas cuestiones y la madurez espiritual? ¿Qué es la madurez espiritual y qué relación guarda con los procesos de transformación personal hacia una adultez autónoma? Si hoy es difícil para un adulto lograr una autonomía financiera sostenida, ¿acaso sería más asequible lograr, al menos, una total autonomía intelectual? —Todas estas preguntas han sido objeto de indagación más profunda por parte de quienes se ponen a sí mismos en la sintonía adecuada para ello. Por ahora regresemos al asunto de la edición.

¿Qué hace un editor? ¿Qué tipo de relación hay entre el autor y el editor de un texto? Cualquiera que investigue un poco sobre los procesos editoriales a través de los cuales hoy se logra publicar algún texto podrá constatar que en tales procesos confluyen una diversidad de intereses sobre no pocos aspectos alrededor de lo publicado. En el esfuerzo editorial confluyen diversos objetivos de tipo financiero, profesional, cultural, etc., y tal esfuerzo intentaría armonizar el logro del mayor número posible de tales objetivos.

Por supuesto, el esfuerzo editorial en la época presente no es exactamente el mismo que durante los primeros cuatro siglos antes de la formación del canon cristiano. Por ejemplo, el papel hoy es un artículo común mientras que en la antigüedad conseguir unas cuantas hojas de papel era algo muy exclusivo y reservado para ciertas minorías selectas con los recursos adecuados. Por lo que poner por escrito algo en la antigüedad representaba un suceso no tan común como lo es hoy, pero publicar algo en la antigüedad implicaba un esfuerzo editorial con objetivos específicos, tal como hoy.

Un editor toma decisiones sobre lo que intenta hacer público. Por ejemplo, lograr el canon textual cristiano –es decir, la lista oficial de textos antiguos que representan públicamente al cristianismo– implicó decidir, entre muchos posibles textos, cuál texto sería incluido y cuál sería excluido de tal canon. No importa si quienes tomaron esas decisiones se reconocían o no como editores autorizados de la Biblia, lo que importa es que de hecho lo fueron.

La Biblia ha sido objeto de muchas decisiones editoriales y cada decisión provino del conjunto de intereses del esfuerzo editorial en turno para lograr sus propios objetivos específicos. Un ejercicio básico de crítica textual demuestra que se tomaron decisiones para enmendar muchos de sus textos; es decir, para lograr lo que en algún punto se consideró como algún tipo de mejora o para de plano remover algo considerado erróneo. Hay muchas enmiendas menores y algunas enmiendas mayores, pero vayamos al grano: ¿han ocurrido enmiendas que afectan alguna doctrina central del cristianismo?

Por supuesto, para aproximarse a tal pregunta sería necesario primero aclarar qué es una doctrina central del cristianismo. Hay diversidad de posibilidades pues no hay un consenso indiscutible acerca de cuál conjunto de doctrinas representa lo central en toda la pluralidad de cristianismos desde sus inicios.

Por ejemplo, para algunos sistemas doctrinales cristianos la divinidad de Jesucristo es una creencia central, pero hay otros sistemas doctrinales cristianos para los cuales la divinidad de Jesucristo no sólo no es central sino que además es una creencia falsa, y por muy buenas razones según tales otras doctrinas.

Los métodos de estudio histórico-crítico aplicados a los textos bíblicos, desde hace un par de siglos, han servido para analizar las ardientes controversias ocurridas en los primeros siglos del cristianismo por dominar el campo teológico de entonces. Cada partido o facción contendía por ser la más cercana al cristianismo original y lo argumentaba respaldándose en los textos a su disposición, ya sean editados o falsificados, que les servían para intentar adjudicarse la ortodoxia del cristianismo. Sin embargo, no hay un consenso unánime entre los historiadores textuales pues cada facción incurrió en sus propias ediciones o falsificaciones. Al parecer, ningún partido cristiano se contuvo de hacer las ediciones o falsificaciones que más convenían a sus propios intereses.

Saturday, July 18, 2015

¿El original?

¿A qué nos referimos cuando decimos que tenemos un texto original tal como fue escrito o dictado por el mismísimo autor? Si decimos tener acceso directo a un texto original manuscrito, ¿acaso con eso pretendemos decir que podemos lograr exactamente los mismos pensamientos que el autor, sin importar toda distancia tanto en el tiempo como en el espacio?

Quizá la lectura de cualquier texto está teñida con las preconcepciones del lector y una lectura atenta deberá reconocer la necesidad de distinguir entre lo agregado por el lector y lo que dice realmente un texto. Lo mismo se aplica para la lectura del presente texto o si leemos textos antiguos, como los textos bíblicos o los textos de, por ejemplo, Giambattista Vico.

En esta ocasión quiero invitar a pensar pausadamente en lo que puede significar la idea referida cuando decimos un “texto original” pues en la disciplina histórica de la crítica textual –es decir, la ecdótica– suele haber una variedad de posibilidades.

Si por texto original se entiende lo primero que cronológicamente fue escrito sobre papiro, pergamino o papel entonces cabe preguntar si ese original es lo que realmente quiso decir el autor. No todo autor tiene la misma capacidad para redactar con claridad prístina al primer intento, muchos autores suelen requerir varias ediciones para empezar a comunicar su intención original. Otros autores suelen cambiar de opinión o ajustar lo que querían decir una vez que releen lo originalmente escrito. Para analizar un ejemplo basta que uno mismo intente redactar una composición sobre alguna idea de importancia personal con al menos una cuartilla de extensión y publicarla para saber si logramos en realidad comunicar nuestra idea, o simplemente releerla al día siguiente o una semana después.

La primera edición de un texto puede ser la original cronológicamente pero no en todos los casos representa la intención original del autor. Una investigación en crítica textual —que es algo muy distinto de la crítica literaria, aunque ambas disciplinas pueden fecundarse mutuamente— representa el esfuerzo de analizar y constatar la evolución histórica de lo escrito por un autor. A partir de esa indagación, una subsiguiente investigación en crítica mayor o análisis histórico-crítico podría proponer, o refutar, sistemas de interpretación para poder llegar a afirmar, o negar, la evolución de la intención histórica de un autor.

Aún si contáramos con un manuscrito original de puño y letra de un autor, eso no justifica afirmar que una interpretación nuestra en el presente sea idéntica a la intención del autor en el tiempo y en la distancia histórico-cultural. Podríamos especular sobre cuál podría ser la intención ajustada de ese autor dadas las condiciones de un contexto presente, por ejemplo: “¿Qué opinaría Adam Smith o Karl Marx del mundo socio-económico de hoy?”, pero nada evita que por nosotros mismos debemos prepararnos para interpretar cada vez mejor los textos antiguos dadas las condiciones de nuestra propia situación actual. Los textos de Adam Smith, Karl Marx, Pablo de Tarso o Giambattista Vico requirieron la destreza de esos autores para ser creados, y esos autores redactaron –es decir, ordenaron sus ideas– como seres históricos, así mismo se requiere de nuestra destreza para ordenar nuestras ideas sobre economía, epistemología o cristianismo en nuestro propio contexto actual y sin pretender tomar como principio de autoridad que contamos con “el original” de algún texto antiguo.

Saturday, June 6, 2015

Amuleto

Hoy en día muchos ciudadanos con acceso a bibliotecas y con el hábito de reflexionar sobre la experiencia –propia y de otros– logran ir más a fondo en su investigación de la realidad de un asunto. Así logran cada vez hacer mejores distinciones entre mera apariencia y la realidad subyacente; para empezar, se requiere interés y ganas de aprender, es decir de mejorar o cambiar la mentalidad propia en dicho asunto. Por otro lado, hay también quienes no albergan disposición alguna para cuestionar su mentalidad sobre un asunto dado pues imaginan que todo lo que pueda conocerse de tal asunto ellos ya lo saben y creen que las preguntas al respecto están enteramente cerradas.

Por ejemplo, el asunto de la administración de proyectos para crear soluciones de negocio basadas en software, o el asunto de la interpretación de textos antiguos (como la Biblia o la «República» de Aristocles), son asuntos en donde abunda un profundo analfabetismo; es decir, no se tiene conciencia de que se desconocen aspectos muy básicos ya plenamente documentados desde hace décadas o siglos, respectivamente, sobre la creación de software y sobre la historiografía occidental. Algo irónico es que sobre esos asuntos suelen escucharse vociferantes afirmaciones sobre “la altísima prioridad” y “la enorme importancia” de algún proyecto de desarrollo o de alguna ideología religiosa, y al mismo tiempo, con frecuencia, tal prioridad e importancia nunca llega a la mejora o cambio de mentalidad sino que se queda tan sólo en vociferaciones y en hacer más de lo mismo.

Por supuesto, la sugerencia, en esta breve perorata, es pensar y hacer más como aquellos ciudadanos aludidos al inicio de mi párrafo inicial. Es decir, como aquellos que usan un libro no como amuleto, talismán o fetiche, sino como medio de transmisión de algo en la historia de un asunto.

Algunos miembros de partidos religiosos en la antigua Palestina solían llevar consigo frases de sus textos sagrados escritas en pequeños pedazos de metal, madera o tela. A tal objeto se atribuía la virtud de alejar el mal o propiciar el bien; es decir, se usaba como amuleto. A decir de cómo muchos hoy usan un libro, pareciera que aún esa superstición sigue vigente.

Un libro no debe ser un objeto de culto o fetiche, ya sea la Biblia o la República, «El Capital» de Karl Marx o «La riqueza de las naciones» de Adam Smith, sino como medio para analizar, para reflexionar, para cuestionar, para dudar y para pensar sobre las experiencias de otros en la historia de un asunto.

Además, si se toma más en serio la historia de un texto, entonces los esfuerzos de los profesionales en filología, en ecdótica y crítica textual suelen ofrecer mucho material para la reflexión sobre el asunto del texto en cuestión.

Monday, April 13, 2015

¿Falsificación justificada?

El crítico textual también indaga evidencia de falsificaciones, ya sea en textos antiguos o contemporáneos, ya sea filosóficos, políticos, religiosos, etc.; es decir, evidencia de textos que afirman haber sido escritos por un autor famoso o influyente, pero que en realidad fueron escritos por alguien desconocido que intentó poner sus propias palabras en boca de ese autor famoso e influyente para dar la apariencia de que ese autor piensa como él. Señalaré a continuación una controversia histórica.

¿Acaso entre sectas cristianas todavía hoy se discute quién es y quién no es un “falso maestro”? Después de los enconados conflictos en el interior del cristianismo, hace más de 20 siglos, sobre cuál es “la sana enseñanza”, quizá hoy debiera quedar claro que ninguna de sus numerosas sectas posee el monopolio del “evangelio verdadero”. O quizá lo que quedaría claro es que ese fanatismo es un rasgo propio de algunos cristianismos —enfatizo «algunos cristianismos» pues no todos los cristianismos comparten ese rasgo.

La acusación de “falso maestro” suele encender una de las emociones más típicas del talante cristiano fanático, y la prende tanto en el acusador como en el acusado: el ardor por ser dueño de la verdad cristiana más grande.

El contenido particular de tal verdad ha variado desde entonces, según el partido al que han pertenecido el acusador y el acusado; así que no ha habido una sola “verdad cristiana más grande”. Lo que permanece constante es la implicación de que si el acusador es dueño de esa verdad, entonces por fuerza el acusado es dueño de una macabra mentira y el acusador está obligado a someter a toda costa a su oponente. El acusado, a su vez, está por completo convencido de exactamente lo mismo, pero hacia su acusador. Ambos, acusador y acusado, dirían a la vez que estaban “bajo ataque” o que “la verdad estaba siendo atacada”.

Por ejemplo, los conflictos entre judeocristianos y cristianos no judíos durante los primeros siglos de la Era Común: ¿debían circuncidarse y convertirse al judaísmo aquellos no judíos que se hicieran cristianos? La batalla, al parecer, la perdieron al final los judeocristianos, pero no les faltaban argumentos a su favor; p. ej., todo cristiano debe por supuesto circuncidarse y seguir la ley judía pues Jesús era judío, sus seguidores eran judíos, ellos y Jesús mismo enseñaron la ley judía, Jesús era el Mesías judío enviado por el Dios judío al pueblo judío. Por lo que seguir a Jesús claro que significa circuncidarse y convertirse al judaísmo. Punto. Fin de la discusión (al menos para los judeocristianos de ese entonces).

En ese entonces, décadas o siglos posteriores a la muerte de los apóstoles de Jesús, pero antes de la formación del canon bíblico novotestamentario, lo único que podría resolver este tipo de conflictos sería contar con un texto que tocara el tema en cuestión y que haya sido escrito por alguien reconocido como autoridad cristiana: algún apóstol de Jesús.

En el ardor de este conflicto, como en muchos otros casos documentados, tanto acusador como acusado pudieron verse en una desventajosa situación: estar totalmente convencidos de su posición pero no contar con un texto apostólico que la respalde. Ante tal situación no pocos optaron por inventar un texto que resolviera el conflicto a su favor y simular que fue escrito por algún apóstol de Jesús. Muchas de esas falsificaciones fueron con claridad identificadas y rechazadas en el proceso de formación del canon bíblico cristiano, siglos después. Pero, según argumentan no pocos eruditos en crítica textual, no en todos los casos se logró esa identificación. Por lo que la pregunta pertinente es: ¿podría haberse aceptado un texto falsificado como parte del canon bíblico novotestamentario? De ser así entonces ese texto quedó preservado en el canon bíblico y los textos de los oponentes quedaron olvidados o destruidos.

Este tipo de controversias son parte del material estándar en las materias de la crítica textual hoy en día. Relacionado con el conflicto del ejemplo mencionado, el texto de la carta a los Colosenses, supuestamente escrita por el apóstol Pablo, está en medio de una de esas controversias. El acusador en ese ejemplo puede ser quien haya escrito la carta a Colosenses y no el apóstol Pablo. Así lo argumentan críticos textuales como John J. Gunther, Thomas Sappington, Richard DeMaris, Clinton Arnold, Troy Martin, entre muchos otros, pues han estudiado a fondo el caso y no han quedado convencidos de la autoría registrada en el canon bíblico. Entre otras razones, estos críticos apuntan a las inconsistencias en el texto de Colosenses con respecto a otros textos cuya autoría del apóstol Pablo casi por completo carece de cuestionamientos.

Otros textos del canon cristiano, supuestamente escritos por el apóstol Pablo, también están involucrados en controversias similares: Efesios, 2ª Tesalonicenses, 1ª Timoteo, 2ª Timoteo y Tito.

El asunto deja mucho espacio para la ironía: siendo el canon bíblico cristiano un conjunto de textos que apelan a una supuesta verdad, pero que esté plagado de supuestas falsificaciones.

Monday, March 16, 2015

¿Palabras omitidas o añadidas?

¿Qué dicen estas palabras? ¿Quién las dijo o quién las escribió? ¿Cuándo, dónde, por qué y para qué fueron dichas o escritas? —estas preguntas son básicas para aquel con un interés mínimo por el estudio de la palabra, tanto oral como escrita. Tales preguntas cobran especial relevancia al enfrentar la lectura de textos antiguos ya sean, por ejemplo, filosóficos o religiosos. La ecdótica y los métodos de estudio histórico-crítico representan una manera para estudiar a conciencia un texto antiguo y para desarrollar esas preguntas como búsqueda de las verdades justificables sobre dicho texto.

Por ejemplo, en un texto neotestamentario, en la primera parte de Lucas 23:34, una traducción del griego koiné al castellano contemporáneo es: “Jesús dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»”

A la pregunta ¿quién dijo eso?, una expresión de realismo ingenuo responde sin ningún escrúpulo: “Jesús. En ocasiones tal respuesta incluso se acompaña, con alarde procaz, de otra expresión que afirma tanto la total claridad del texto como, de paso, la ineptitud de la pregunta. Por fortuna, un lector crítico cuenta con otras habilidades de lectura más allá de las del realismo ingenuo. Por fortuna, ese lector podría comparar algunas copias manuscritas en griego disponibles en Internet, o simplemente poner atención a las notas en letra pequeña de muchas ediciones contemporáneas del Nuevo Testamento. Tarde o temprano ese lector, ávido de veracidad, enfrentaría el hecho de que los manuscritos más antiguos, más completos y fiables del texto en cuestión no cuentan con esas palabras, y de que sólo aparecen en copias tardías. Por lo que otras preguntas pertinentes serían, por ejemplo: ¿quién añadió eso, o quién lo eliminó, cuándo lo hizo, y para qué?

Desde el desarrollo inicial de los métodos histórico-críticos, durante el siglo XIX, hasta la fecha han ocurrido investigaciones y debates sobre ese texto —y muchos otros casos similares en el Nuevo Testamento. Las preguntas permanecen abiertas y animados aún los debates. Por ejemplo, hay quienes concluyen que esas palabras no fueron añadidas sino omitidas por copistas de épocas posteriores al año 70 de la Era Común (año de la caída de Jerusalén), pues consideraban a la caída de Jerusalén como prueba de que el dios cristiano no perdonó a los judíos, y por lo tanto esos copistas no podían permitir que la oración de Jesús apareciera como una oración sin respuesta. Por otro lado, otros investigadores concluyen que esas palabras no estaban en la narración original sino que fueron puestas en boca de Jesús por copistas en siglos posteriores, como contra-respuesta ante los enconados resentimientos antisemitas de algunas comunidades cristianas, quienes culpaban a los judíos por la muerte de Jesús; así, para esos otros copistas resultaba inaceptable la incongruencia de la caída de Jerusalén como castigo y su doctrina del perdón a los enemigos.

Hay muchas otras explicaciones del caso, cada una con diversas implicaciones históricas y teológicas, cada una con menor o mayor justificación, pero ninguna exenta de sus propios aspectos insatisfactorios.

Las ideologías fanáticas, ya sean, por ejemplo, filosóficas, políticas o religiosas, cuya sola base sea un precario conjunto de textos antiguos, suelen admitir una sola manera de interpretar sus textos fundacionales. Sin embargo, y para evitar caer preso de esa mentalidad estrecha, una ideología personal puede buscar y dar la bienvenida a los resultados de la crítica textual y abrazar la diversidad de interpretación y al debate abierto como formas de retrospección histórica.

Sunday, February 1, 2015

¿Por qué griego?

Hay hechos y hay interpretaciones de esos hechos. Un hecho tiene por base alguna evidencia intersubjetiva, una interpretación tiene por base algún esquema conceptual. Por ejemplo, un hecho histórico patente es que los manuscritos disponibles del Nuevo Testamento cristiano son composiciones en griego antiguo, del tipo helenístico o koiné.

Una interpretación teológica de ese hecho, por ejemplo, es que ese tipo de griego era la lengua franca (es decir, la que es mezcla de dos o más, y con la cual se entienden los naturales de pueblos distintos) en la Palestina del primer siglo de la Era Común y por eso el milagro de la inspiración divina ocurrió en esa lengua, como una elección divina para una mayor difusión de un mensaje divinamente inspirado.

Por fortuna, hay más teorías o estructuras conceptuales dentro de la categoría teológica que sirven de soporte a muchas otras posibles interpretaciones del mismo hecho. La teología puede ser un campo de exploración personal (e.g., La religión como poesía) y no sólo copia de interpretaciones dogmáticas tradicionales o institucionales. Otras teorías teológicas podrían dar cuenta de la discrepancia entre el pretendido milagro de palabras escritas por inspiración divina y el hecho de que no parece haber ocurrido milagro alguno para preservar hasta nuestros días esas mismas palabras supuestamente inspiradas de origen; es decir, con el hecho de que no contamos con ningún manuscrito original autógrafo de ninguno de los libros del Nuevo Testamento cristiano y que sólo contamos con copias de siglos posteriores a la vida de los personajes, copias que subsistieron en algunos pequeños fragmentos muy deteriorados sobre papiro o pergamino, y muchas copias posteriores con diversas diferencias entre sí.

La paleografía, o ciencia que estudia manuscritos antiguos, indica que del Nuevo Testamento cristiano no existe registro alguno de copia manuscrita completa que date del primer siglo de la Era Común, i.e., año uno al año cien. Tampoco existe registro de ninguna copia completa del segundo siglo, i.e., años 101 a 200; sólo se cuenta con registro del fragmento más antiguo conocido, está sobre papiro, se le conoce por P52, data del año 150, aprox., está escrito en griego koiné, y tiene el tamaño de una tarjeta actual para identificación personal. Asimismo, no existe registro de ninguna copia completa que date del tercer siglo, i.e., años 201 a 300. Las primeras copias manuscritas completas del Nuevo Testamento fueron compiladas en el siglo cuarto, i.e., años 301 a 400. Ciertamente, se cuenta con pequeños fragmentos de copias datadas a partir del segundo siglo, pero ni una sola copia del primer siglo.

Las copias disponibles más antiguas están en griego helenístico y, dado que la lengua que hablaron la mayoría de los personajes del Nuevo Testamento fue arameo, cabe la pregunta: ¿por qué griego y no arameo?

Una interpretación histórico-crítica del mismo hecho tomará como evidencia que el nivel de redacción y el tipo de composición literaria encontradas en esas copias en griego sugieren que los autores no fueron pescadores o campesinos analfabetas sino que contaban con los medios y las condiciones para lograr una educación muy escasa en esos días. ¿Quiénes escribieron el Nuevo Testamento, y por qué en griego?

Hay siete cartas canónicas atribuidas al apóstol Pablo sobre las cuales casi no hay controversia de su paternidad literaria, pero sobre las otras seis cartas atribuidas a Pablo sí hay mucha controversia entre los eruditos sobre si el autor fue realmente la misma persona, debido a la cantidad de diferencias no sólo literarias sino también teológicas. Por otra parte, existe consenso entre los eruditos sobre el anonimato de los autores de los evangelios canónicos; es decir, la atribución a Mateo, Marcos, Lucas y Juan es posterior, por siglos, a los textos mismos.

Todo esto importa desde una perspectiva histórico-crítica, y también importa para un mejor entendimiento o evaluación de teorías teológicas existentes; asimismo, importa para distinguir hechos históricos y para distinguir el tipo de teoría usada para interpretar esos mismos hechos. Que la lengua de las copias manuscritas sea griego helenístico podría no resultar relevante para una interpretación teológica o para una interpretación literaria, pero sí para una interpretación histórica. Lo pertinente es evitar el tropiezo de tomar una interpretación teológica como si fuese histórica; es decir, es prudente evitar que una explicación teológica de un hecho histórico sea tomada en sí misma como una explicación histórica.

Sunday, January 25, 2015

Una actitud equivocada

En esta nota intentaré aclarar por qué en varias notas anteriores he hecho énfasis en el perfil profesional y en el papel de los especialistas en ecdótica. Además, comentaré acerca de cuál es una actitud equivocada de parte de nosotros, los no-especialistas, hacia esos textos antiguos, ya sean estos filosóficos o ya sean religiosos como el Nuevo Testamento cristiano.

Por ejemplo, una persona con un interés más allá de lo superficial o lo devocional en el Nuevo Testamento, y con preguntas acerca de cómo entender mejor lo escrito de origen, necesita enfrentar el hecho histórico de que estos textos iniciaron como escritos a mano (manuscritos) sobre papiros, pergaminos o códices, y redactados en lenguas antiguas que ya nadie habla en el presente. Si el interés de esa persona está en indagar y enfrentar la realidad histórica de estos textos, cualquiera que ésta pueda ser, entonces no debe limitarse tan sólo a lo encontrado en una Biblia redactada de manera muy nítida y conveniente en un idioma contemporáneo, sino que debe saber del esfuerzo de los especialistas en ecdótica y entender cabalmente por qué sus hallazgos con relevantes para hacerse de una perspectiva más amplia de ese conjunto remoto y diverso de textos antiguos llamado Nuevo Testamento, y de su impacto histórico en el grupo de culturas occidentalizadas.

Los hallazgos en ecdótica —por muchas razones que conviene también ponderar— no cuentan con la divulgación necesaria entre el público en general, y suelen no ser tratados con seriedad por quienes tienen acceso a los micrófonos ante las audiencias populares que dicen estar interesadas en el Nuevo Testamento o en textos filosóficos antiguos. Por lo cual, una persona interesada debe reconocer que su interés no podría ser desarrollado por un clérigo —ya sea académico o regular— o un ministro de culto religioso popular que sabe muy poco de los hallazgos relevantes en ecdótica o que pretende afirmar que esos hallazgos no importan. Si tal clérigo o ministro de culto se comporta como un esbirro cuyo propósito es el dominio ideológico sobre el mayor número posible de personas, y en lugar de evaluar sus opiniones tan sólo se dedica a defenderlas, entonces sus hechos demuestran que es parte de un sectarismo ideológico cerrado que pretende tener todas las respuestas, sin desarrollar nunca las preguntas; además de pretender poseer el monopolio de algo como el Nuevo Testamento. Por fortuna, el Nuevo Testamento no tiene dueño sino que es algo del dominio público; es decir, cualquiera pueda emprender investigaciones serias sobre su historia y su relevancia para entender la cultura occidentalizada a nuestro alrededor.

Por fortuna, una persona con el nivel de interés adecuado tiene alternativas; por ejemplo, indagar acerca del esfuerzo de investigación filológica tanto de universidades seculares o de instituciones con estudios en religión comparada con departamentos de investigación, e indagar acerca de sus publicaciones. Los especialistas en ecdótica tienen acceso directo, de primera mano, a manuscritos antiguos, y pueden intentar entender la redacción en lenguas antiguas como latín, copto, griego koiné, armenio, siriaco, etc., lenguas encontradas en las copias en existencia tanto del Nuevo Testamento como de otros textos filosóficos antiguos. Si la manutención de estos especialistas está en función de la seriedad de sus publicaciones, entonces hay no pocas razones por las que deberán esforzarse en no publicar patrañas infundadas sino argumentaciones debidamente justificadas. Ser competente en ese campo —como en muchos otros donde se ejerza un mínimo nivel de profesionalismo— implica divulgar con la mayor claridad posible los hallazgos, los hechos, las teorías y las aproximaciones a la realidad histórico-literaria de algo como el Nuevo Testamento y otros textos antiguos de importancia sociocultural.

Ahora, la mayoría de nosotros, que no somos especialistas y no tenemos manera de entender una composición literaria en, por ejemplo, griego o latín antiguos, debemos tener presente que los especialistas eligen entre varias una versión del texto encontrado en manuscritos antiguos y esa versión es la que se traduce a una lengua contemporánea, se publica y llega a nuestros ojos. Sin embargo, cometemos un muy grave error si aceptamos la creencia de que la versión del texto elegida por los especialistas para ser traducida es una versión indiscutible y que toda variante puede con seguridad ser ignorada; de hecho, los especialistas suelen acompañar la versión del texto elegido con un cuerpo de anotaciones llamado «aparato crítico», en donde acotan lo más claramente posible los alcances y las problemáticas de su elección. Por lo que para evitar el error es necesario tener plena conciencia del contenido de ese aparato crítico, y no limitarse a sólo la conveniente publicación en una lengua del presente.

Otra equivocación especialmente perjudicial para un entendimiento cabal de la ecdótica es una falsa creencia acerca del propósito de esta disciplina. El error está en creer que el propósito de la ecdótica es recuperar el texto original de un manuscrito antiguo. El propósito de la ecdótica es indicar las diferentes formas del texto a lo largo de su proceso histórico y las razones detrás de esas formas. En muchos casos no es posible ni siquiera hablar de “un original” pues varias formas distintas del mismo texto pueden contar como “original”. En próximas notas mencionaré ejemplos de esto.

Los errores hasta ahora mencionados engendran una actitud muy equivocada hacia los textos antiguos que consideramos importantes, ya sean textos filosóficos o algo como el Nuevo Testamento cristiano.