Friday, January 16, 2015

Descartar lo falso

¿Por qué todo este asunto de la práctica ecdótica, y de sus especialistas, sería relevante? ¿Para qué sirve? ¿Cómo podría afectar alguna opinión ya establecida acerca de textos antiguos, por ejemplo del Nuevo Testamento cristiano? ¿Podría, incluso, ser de algún uso para la lectura de textos contemporáneos? Por ejemplo, ¿podría aportar al esclarecimiento de la relación entre las ideas ontológicas de Martin Heidegger y el nazismo, y por analogía, la relación entre el pensamiento metafísico y los fanatismos absolutistas? O, por otro lado, ¿cómo ayudaría hoy a un ingeniero para distinguir la publicidad exagerada en las ideas de moda en oposición con los sólidos conceptos del conocimiento confiable, científico? ¿Podrían la Crítica Menor y la Crítica Mayor ayudar, como se alude en ¿Para qué la ecdótica?, a un autocultivo que permita dejar atrás los supuestos conflictos irreconciliables entre ideologías económicas como las derivadas del pensamiento de Adam Smith y Karl Marx?

Dadas las condiciones hoy para el acceso a datos e información, no es el problema que no sepamos mucho, sino que la mayoría de eso podría estar incompleto, incorrecto o de plano resultar falso. Más datos e información no implica más entendimiento, sino la necesidad de una mayor habilidad para hacer distinciones pertinentes entre toda esa información. Por lo tanto, sería obvio, el lector individual, con el nivel de interés adecuado, es el único que puede aproximarse a responder las preguntas del párrafo anterior.

Por ejemplo, un lector interesado en mejorar su entendimiento del Nuevo Testamento cristiano podría elegir alguna creencia propia sobre el asunto, de preferencia alguna creencia relevante de manera personal; digamos, una idea sobre algún personaje central como Jesucristo o su madre María. Enseguida, en el ánimo sugerido en Lo escrito de origen, ese lector analizaría preguntas que pongan en entredicho la creencia elegida; dada la evidencia textual, ¿cuándo empezó a circular la idea de la divinidad de Jesucristo?, ¿cuánto difieren las perspectivas sobre la virginidad de María entre los diferentes evangelios canónicos?, etc.

En general, los hábitos básicos de la indagación, como el auto-examen, en un tema de interés personal son la base para mejorar nuestro entendimiento de aquello que consideremos relevante. La idea de universalidad —que supuestamente cultivan quienes cursan la universidad de manera escolar— conlleva una inagotable preparación y un estudio profundo en los temas de prerrogativa personal no para saber más y más sino para descartar lo que resulte falso.

Sunday, January 11, 2015

Textos abiertos

La vez anterior, en La práctica ecdótica, decía que en ocasiones los especialistas en crítica textual logran consensos sobre la forma más probable del texto original. Un ejemplo en el caso del Nuevo Testamento es el pasaje o perícopa en Juan 8 que habla sobre una mujer adúltera. La mayoría de especialistas pueden presentar una serie de argumentos, con su debida evidencia, por los cuales afirman que ese pasaje no era parte del texto original sino que fue agregado por un copista en una época histórica posterior. La evidencia que suelen presentar, entre otras, son las copias manuscritas más antiguas aún en existencia. Estas copias son parte de los mejores y más completos manuscritos antiguos de los que se tiene registro. En tales copias puede leerse en griego koiné lo que corresponde al verso 52 del capítulo 7 de Juan y el verso inmediato siguiente corresponde al verso 12 del capítulo 8.

No hay que olvidar que la división bíblica en capítulos y versículos fue realizada a partir del siglo XIII de nuestra era, y para conveniencia de los eruditos de la Baja Edad Media; es decir, las copias antiguas no estaban organizadas por esas divisiones.

En el ejemplo, una forma plausible del posible texto original de Juan carece del pasaje de la mujer adúltera, y eso es un consenso entre los especialistas. Por supuesto, al no contar con las palabras escritas por la mano del autor del texto no es posible cotejar ninguna de las copias para determinar de manera indiscutible la forma exacta del texto original. Tan sólo se puede intentar hacer una reconstrucción crítica aproximada por parte de los especialistas con el conocimiento de lenguas antiguas y el acceso directo a las copias existentes. Los conocimientos de los especialistas al momento de realizar una aproximación y las copias que han logrado tener a su alcance han variado con el tiempo; por ejemplo, una aproximación realizada durante el siglo XVIII no llega a las mismas conclusiones que otra aproximación realizada dos siglos más tarde, el conocimiento ha variado y nuevos hallazgos textuales han ocurrido durante ese tiempo. Así, se puede ver a las claras por qué toda reconstrucción crítica es discutible en alguno de sus aspectos.

Parte del público en general suele asumir que las palabras que escucha o lee en su Nuevo Testamento son palabras pronunciadas de viva voz en una escena en vivo, y que en esa escena estaba presente un escriba que tomaba nota fiel de los diálogos que pronunciaban los presentes. Sin embargo, por las dificultades ya mencionadas, no hay manera de tener acceso literal a lo hablado por personas que vivieron en la antigüedad distante. De hecho, no es posible saber cuáles palabras fueron habladas por nadie en la antigüedad, ya sean personajes religiosos o seculares. Tan sólo contamos con copias antiguas de textos cuyos originales han desaparecido por el transcurrir de los siglos. Muchas de esas copias tan sólo son fragmentos, contienen entre sí muchas diferencias de diversos tipos y están en lenguas antiguas que sólo los especialistas pueden intentar entender.

El público en general suele desconocer el nivel de debate y controversia que hoy en día ocurre entre los eruditos en crítica textual. Muchos asumen que los textos de donde provienen sus creencias contienen palabras indiscutibles, palabras en su propio idioma actual y con significados fijos, cerrados, inalterables, incorregibles e inmutables. Pero la realidad es diferente entre las comunidades de especialistas que no están sometidas bajo el dogmatismo de instituciones ultraconservadoras, para ellos los textos están abiertos.

Hay mucho más por considerar de la práctica ecdótica; por ejemplo, el análisis de las razones por las cuales los copistas habrían modificado el texto que copiaban. Tales alteraciones son de muchos tipos y hay un abundante número de ellas. También hay mucho por reflexionar sobre el esfuerzo de otro tipo de especialistas, quienes toman el resultado de una reconstrucción textual crítica e intentan lograr una exégesis o interpretación del significado de dicho texto. Para tal propósito se cuenta con muchos sistemas de interpretación por considerar y muchas corrientes de pensamiento que esos otros especialistas han desarrollado a lo largo de la historia de la crítica textual y de los métodos histórico-críticos, métodos teológico-filosóficos, métodos fenomenológicos, etc.

Saturday, January 10, 2015

La práctica ecdótica

Muchos textos antiguos, sean seculares o religiosos, llegan a nuestros días en condiciones históricas similares: lo más común es que los manuscritos originales se hayan perdido en las arenas del tiempo. Lo más cercano al manuscrito original son copias hechas a mano y escritas en una lengua antigua como copto, siriaco, griego, armenio, latín, hebreo, etc. La mayoría de nosotros jamás hemos visto una sola palabra escrita en esas lenguas; no podríamos distinguir ni siquiera una letra, mucho menos una palabra —ya ni mencionar la posibilidad de entender la idea de un párrafo completo, un capítulo, un libro o una colección entera de libros; además, conceptos como «párrafo» o «capítulo» no eran conceptos usuales en la época histórica de dichas copias.

Entonces, para llegar a entender hoy lo que se quería comunicar de origen en un texto antiguo, como lo escrito por Lucrecio o los textos que forman lo que ahora se conoce como Nuevo Testamento, dependemos de una serie de especialistas. Una compleja cadena de transmisión histórica, transcripciones y traducciones, hasta la publicación contemporánea de un libro que podamos tener en nuestras manos y ante nuestros ojos.

En primera instancia, dependemos del trabajo de especialistas en ecdótica para saber cuáles podrían haber sido las palabras escritas por la mano del autor original. Estos especialistas pueden reconocer mucho más de lenguas antiguas que la mayoría de nosotros jamás podremos y, además, tienen acceso directo a esos textos antiguos. No sólo pueden hojear los textos sino que pueden examinarlos detalladamente de muchas maneras; por ejemplo, para estimar la antigüedad del material físico en el cual está impregnada la tinta, para estimar la antigüedad del tipo de tinta, para examinar la diferencia de antigüedad de las posibles diferentes capas de textos sobrepuestos en el mismo soporte físico, etc.

La práctica ecdótica incluye distinguir dos hechos: la composición del texto original y la transcripción del texto copiado, para luego estimar las posibles diferencias en antigüedad de esos dos hechos por separado. En ocasiones esos hechos están separados por siglos enteros; tal es el caso de la mayoría de las copias de los textos del Nuevo Testamento. Asimismo, un análisis similar se hace para estimar la diferencia en antigüedad entre las diferentes copias existentes.

El trabajo del especialista en ecdótica se torna especialmente complejo al enfrentarse con múltiples copias discrepantes del mismo texto; es decir, copias con multitud de diferencias entre sí. La complejidad aumenta entre más copias existan pues un mayor número de copias significa un mayor número de diferencias. Hay muchos tipos de diferencias que deben considerarse al hacer un intento por reconstruir lo que podría haber sido el texto original. Los especialistas suelen debatir para intentar lograr algún acuerdo, pero con igual frecuencia tan sólo se logran acuerdos parciales y a veces irreconciliables desacuerdos.

En la siguiente ocasión comentaré más acerca de las implicaciones de dichos acuerdos parciales y controversias. Además, hay otros tipos de especialistas por mencionar en la cadena de transmisión histórica.

Monday, November 3, 2014

La lectura crítica

Si uno está interesado en conocer el mensaje que un autor ha escrito en un texto, y no sólo el mensaje que uno, como lector, quisiera encontrar en ese mismo texto, entonces, como mínimo, uno no debe iniciar la lectura con el supuesto de que ya se conoce el mensaje escrito en tal texto. Es decir, una lectura que busca el mensaje original del autor debe tomar consideraciones especiales para distinguir, por un lado, lo escrito por el autor y, por otro lado, los supuestos propios del contexto cultural de uno mismo como lector. Esto ya es importante en la lectura de textos contemporáneos, cuánto más relevante es en la lectura de textos antiguos, como los textos de Eurípides o los textos del Nuevo Testamento cristiano. Por ejemplo, una de esas consideraciones especiales es identificar con claridad, de manera explícita, esos supuestos con los que uno inicia la lectura. De esa manera se podría mantener por separado lo que suponemos que dice el texto de lo que realmente está presente en el texto mismo. Dicha separación sirve, entre otras cosas, para formular cuestionamientos atinados y pertinentes sobre tales supuestos. Los cuestionamientos ayudarían a esclarecer cuál es la posible justificación de esos supuestos y así poder filtrar los supuestos infundados de los supuestos plausibles.

Por ejemplo, en la lectura de los evangelios del Nuevo Testamento, un lector reflexivo puede preguntar hasta qué punto es adecuado leer, digamos, Mateo, con los mismos supuestos que una lectura de Juan o de Marcos; por ejemplo, ese lector reflexivo puede desarrollar la pregunta sobre si el supuesto de la divinidad de Jesucristo en Juan es un supuesto válido para la lectura de Lucas; en otras palabras, hasta qué punto el autor de Lucas asume que sus lectores tienen ese supuesto.

Una lectura crítica incluye hacer distinciones pertinentes para analizar lo que ocurre en la interpretación de un texto, para identificar lo que está en el texto y lo que está sólo en el lector. El ejercicio literario puede servir para conocerse a uno mismo, para leerse a uno mismo, al reflexionar sobre las interpretaciones inmediatas propias ante una obra literaria, pues las interpretaciones inmediatas suelen decir más de quien interpreta que de lo interpretado. Sin embargo, si la lectura tiene la intención de no sólo conocerse a uno mismo sino, además, conocer lo escrito por el autor, entonces hace falta analizar más que la interpretación inmediata del texto. Las habilidades superiores de lectura juegan aquí un papel muy importante (ver Lectura para información y lectura para entendimiento). Leer sin práctica y sin destreza en esas habilidades puede derivar en una especie de autoengaño al asumir que se tiene acceso directo a lo escrito por el autor mientras que tan sólo hemos repetido lo que ya estaba en nosotros mismos antes de iniciar la lectura.

En suma, conviene a un lector reflexivo no asumir al inicio de una lectura que el mensaje del texto está claro y que posee de antemano el significado prístino de dicho texto. Justo lo contrario, conviene asumir que el mensaje del texto no está claro, y por eso se requiere iniciar una lectura crítica del mismo, cuantas veces sea necesario iniciar y reiniciar dicha lectura si lo buscado es lo escrito por el autor y no sólo la lectura de uno mismo. La lectura crítica es, principalmente, crítica de uno mismo.

O como dice Donaldo P. Macedo en el prefacio de La naturaleza política de la educación – Cultura, poder y liberación de Paulo Freire:

Uno de los temas centrales del trabajo de Paulo Freire es su insistencia en la necesidad de que los lectores asuman una actitud crítica al abordar un texto. Es decir, los lectores no deben simplemente aceptar lo que se dice de modo pasivo, sólo porque lo haya dicho el autor, sino que deben evaluar críticamente el texto. Los lectores deberían estar dispuestos a cuestionar y poner en duda lo que han leído.

Wednesday, October 8, 2014

Audiencia y evaluación teórica

Las contribuciones de los especialistas en ecdótica y en crítica histórica, decía, son variadas y en ocasiones no concluyen lo mismo para un mismo problema de investigación. Por ejemplo, ante la pregunta de cuál es el orden cronológico en el que fueron redactados los diálogos de Aristocles (Platón) o los libros del Nuevo Testamento o los textos de la Poética de Aristóteles, hay varias propuestas que han resultado de proyectos de indagación independientes entre sí o de proyectos interrelacionados. Las propuestas suelen agruparse por varios criterios según el método crítico utilizado, las presuposiciones iniciales, la tradición histórica de indagación, la gnoseología o teoría del conocimiento en particular que enmarca el proyecto, etc. La relevancia de estas aportaciones no puede ser juzgada sólo por la forma que tenga su conclusión particular sino por otros muchos factores que, en suma, representan un sistema de justificación para lo dicho en la conclusión.

En otras palabras, al decir algo sobre el pasado distante, inaccesible de manera directa, lo importante no es decirlo, pues cualquiera lo hace, sino demostrarlo.

La variedad de respuestas a preguntas del pasado, cada una con su propio sistema de justificación, es un indicio de lo difícil de la tarea. Simplemente no hay manera de saber nada del pasado distante con absoluta certeza pues ese pasado, como objeto de investigación histórica, sólo puede ser interpretado con los ojos del presente, por supuesto.

Asimismo, las aportaciones de los especialistas logran diferentes niveles de certeza o de confianza en sus conclusiones. Ninguno logra certeza absoluta, tan sólo aproximaciones. Una audiencia interesada suele tener una preparación científico-filosófica básica para entonces evaluar las diversas aproximaciones a un tema dado, y así evitar graves tropiezos de perversión interpretativa. De otro modo, sin esa preparación básica, aumenta el riesgo para un lector descuidado de sólo entender lo que sus supuestos ya le decían con anterioridad. Por ejemplo, la cuestión de la resurrección de Jesucristo ha sido investigada desde muchas perspectivas, y lo que pueda concluir una investigación histórico-crítica puede ser muy distinto de lo propuesto por una indagación teológica. Una audiencia informada sabría evaluar cada aportación por lo que es, sin pretender erróneamente que ambos esfuerzos investigan lo mismo.

Así que, si bien los especialistas hacen su trabajo de aproximarse a la verdad de una cuestión, otro trabajo no menos importante es aquel hecho por una audiencia, interesada en la realidad del asunto, para auto-cultivarse y así estar preparada para evaluar el trabajo de aquellos especialistas; pero evaluarlo por lo que es, y no por lo que no es dicho trabajo. Es decir, por ejemplo, una teoría teológica islámica sobre la resurrección de Jesucristo por supuesto que no sería lo mismo que una teoría teológica judía sobre la misma cuestión; así como una teoría histórico-crítica sería una aportación por completo distinta a una teoría católica neotomista, o a una teoría cristiana marcionista, o a una teoría protestante calvinista, o a una teoría cristiana ortodoxa, etc. Lo relevante es saber distinguir entre las formas de una teoría histórico-crítica y las formas de una teoría teológica, pues no son equivalentes ya que no intentan el mismo tipo de aproximación a la verdad de una cuestión.

Sunday, October 5, 2014

¿Qué aportan los especialistas?

En la ocasión anterior aludí a especialistas de la ecdótica o crítica textual o crítica menor, así como de la crítica mayor o crítica histórica, en relación a la lectura de textos, con especial relevancia en la lectura de textos antiguos, como el Nuevo Testamento cristiano. En esta ocasión me pregunto sobre este caso: ¿cuáles son las aportaciones de esos aludidos especialistas en relación al Nuevo Testamento?

¿Por qué el Nuevo Testamento en particular? Porque es un texto muy citado en soporte de todo tipo de opiniones, pero que con frecuencia la cita parece torcerle el brazo al texto para hacerle decir algo que no está ahí. Es decir, el Nuevo Testamento es un texto que suele quedar secuestrado por ideologías fanáticas de unos cuantos en detrimento de la libertad de conciencia de muchos. Intentar apropiarse de un texto antiguo para el uso exclusivo de una sola ideología del presente es deshonrar al texto mismo. Por mucho que les pese a no pocas instituciones religiosas, el Nuevo Testamento no le pertenece sólo al cristianismo, ni siquiera le pertenece sólo a la religión institucionalizada en general, sino a la cultura humana en su conjunto —aunque lo mismo se puede decir de otros textos igualmente secuestrados, como «El Capital» de Karl Marx o «La riqueza de las naciones», de Adam Smith.

Las aportaciones de los especialistas le importarán a quien tenga interés en el Nuevo Testamento por lo que es: un texto antiguo. De hecho, el Nuevo Testamento no es un solo texto, sino muchos textos escritos por autores diversos, en siglos diferentes y con mensajes discrepantes en no pocos casos. De especial importancia para el interesado será indagar sobre los procesos históricos en punga que llevaron a la confluencia del conjunto de textos antiguos que ahora conocemos como Nuevo Testamento.

Las aportaciones de los especialistas en ecdótica y en crítica histórica son sólo puntos de referencia hacia otro aspecto que resulta más pertinente para un individuo hoy ante el Nuevo Testamento: aprender a leer textos antiguos. La lectoescritura implica muchos tipos, grados y niveles de destreza: desde la más básica decodificación de los signos de la lengua nativa, pasando por la lectura de comprensión, la lectura crítica, hasta la lectura e interpretación sintópica de papiros o pergaminos en griego koiné, latín clásico, o alguna otra lengua del pasado distante. Han transcurrido más de 30 siglos de cultura textual articulada y hoy hay más medios que nunca para mejorar nuestra destreza lectoescritora, por lo cual un humano adulto hoy no debe tropezar pensando que un conjunto de manuscritos de entre 15 y 20 siglos de antigüedad y compuestos en griego koiné, como lo son el conjunto llamado Nuevo Testamento, representen un mensaje personal dirigido al individuo de hoy en particular; mucho menos si se trata tan sólo de una exégesis redactada en un idioma contemporáneo y basada en discrepantes copias de un original ya perdido en las arenas del tiempo, lo cual es el caso del Nuevo Testamento contenido en una Biblia adquirida en una librería cualquiera.

Las aportaciones de los especialistas son muy diversas y, por supuesto, no todos llegan a las mismas conclusiones, ni siquiera a conclusiones definitivas que apoyen un solo tipo de ortodoxia; por el contrario, muchas preguntas permanecen abiertas en relación a temas básicos del cristianismo, los debates entre especialistas siguen siendo actuales y más controvertidos que nunca. ¿Fue Jesucristo un personaje histórico o sólo parte de una narrativa mítica?, ¿fue Jesucristo divinizado por sus seguidores después de su muerte o fueron los escribas de final del siglo I quienes pusieron exageradas frases en boca de un mero personaje literario?

Las aportaciones de los especialistas conllevan no poco trabajo y dedicación, a eso se dedican para vivir, y de la calidad y del sustento de estas aportaciones depende su profesión y, por tanto, depende la manutención propia y familiar. No podrían mantenerse en su profesión si publicaran disparates injustificados. Es decir, hay muchas razones por las que tienen especial cuidado de publicar no meras opiniones dichas a la ligera sino información confiable justificada que pueda someterse a riguroso examen crítico. Ciertamente, alguien interesado en el Nuevo Testamento por lo que es debe aprender a ejercer ese tipo de examen sobre las aportaciones de los especialistas.

Pero entonces, ¿importan esas aportaciones o no importan? Eso seguiré preguntando en la siguiente ocasión.

Saturday, September 20, 2014

¿Para qué la ecdótica?

Una buena parte de la mentalidad propia está formada de ideas provenientes, en última instancia, de algún libro. Las tradiciones orales para difundir cultura, por supuesto, aún están presentes pero su alcance y efecto no son equiparables con lo proporcionado por las tradiciones textuales. Al analizar algún contenido del modo de pensar propio sería posible, en alguna medida, seguirle el rastro hasta su fuente primigenia: un conglomerado de expresiones difundidas por medio de libros y que, cual semilla cultural, habilitó el historial hermenéutico o interpretativo de ese contenido hasta el día de hoy. Esto es un poco más cierto en ese campo ya hegemónico llamado ‘cultura occidental’ que en otros campos culturales donde el concepto de ‘libro’ no cuenta con predominio.

El libro es un artefacto de técnica cultural; es decir, el libro es una herramienta de cultivo en la granja humana y como tal —como tecnología— no pertenece al ámbito del bien o del mal, ni al ámbito de lo cierto o falso, ni siquiera al ámbito de lo bello y de lo sublime, sino que pertenece a la aplicación o la práctica en esos ámbitos; es decir, no por estar escrito en un libro quiere decir que a fortiori sea algo bueno, cierto o bello.

Esto se hace relevante pues mucho de una ideología proviene de lo textual contenido en libros. A manera de ejemplo y de desarrollo de esto mismo, Olivier Reboul, en su texto Lenguaje e ideología, propone que una ideología aspira a imponerse sobre otras e inicia por el dominio del lenguaje, al confiscar y monopolizar las palabras:

«Por el lenguaje la ideología le ahorra al poder el recurso a la violencia, suspende el empleo de ésta, o la reduce al estado de amenaza, de implícita ultima ratio. Por el lenguaje, en fin, la ideología legitima la violencia cuando el poder tiene que recurrir a ella, haciéndola aparecer como derecho, como necesidad, como razón de Estado, en suma, disimulando su carácter de violencia.»

Así, en la debida proporción, la palabra ‘cristiano’ llega a tomarse como sinónimo de ‘bueno’ o de ‘amor’, o la palabra ‘escuela’ llega a tomarse como ‘educación’, mientras que hacerlo tan sólo es un efecto de la confiscación del lenguaje para propósitos ideológicos de algún poder que busca la hegemonía. Roberto Zavala Ruiz ofrece ejemplos históricos en su obra El libro y sus orillas:

«No otra cosa practicaron los frailes desde su llegada a las anchurosas y pródigas tierras de América. Si en el siglo XIV había sido la lengua de los mexicas la que se impuso con rapidez de imperio sobre las demás lenguas mesoamericanas, en el siglo XVI sería desplazada por el idioma de Castilla, por el habla de los dominadores peninsulares. El español había de ser el vehículo idóneo para difundir la religión y la cultura, aunque para cumplir este objetivo los religiosos tuvieran que aprender primero las lenguas de los naturales.»

Si lo textual en los libros se interpreta con descuido entonces uno queda expuesto a sólo entender lo que uno quisiera que el libro dijera, pero que quizá el autor nunca intentó decir. De ahí que la ecdótica o crítica textual o crítica menor, como disciplina filológica, sea un prerrequisito para una lectura crítica de libros; es decir, es necesario primero indagar cuáles palabras fueron realmente escritas para entonces intentar hacer una interpretación de esas palabras. Para una interpretación de mayor calado, además, se hace necesaria la crítica mayor o crítica histórica, la cual ayuda a formar una perspectiva histórica amplia del proceso literario y del contexto sociocultural alrededor del origen de un texto.

Por ejemplo, para mejorar las interpretaciones del Nuevo Testamento los especialistas, por hace ya siglos, han estado aplicando tanto la ecdótica como el método histórico-crítico a los textos neotestamentarios, y una amplia y diversa gama de proyectos hermenéuticos han ocurrido desde entonces hasta nuestros días. Cada proyecto ha buscado esclarecer algún aspecto particular de los textos y no tan sólo repetir lo ya antes dicho por otros; es decir, son proyectos de investigación rigurosa, requieren aportar algo de relevancia y de una manera que nunca haya sido aportada anteriormente; tanto es así que hoy los especialistas enfrentan una difícil tarea para encontrar un tema de estudio adecuado para un proyecto de investigación neotestamentaria, pues el Nuevo Testamento es el conjunto de libros más ampliamente investigado en la historia de la civilización occidental. Por lo cual, el interesado en entender el Nuevo Testamento de manera más amplia y provechosa, y no sólo bajo alguna perspectiva ideológica particular, debe saber que no puede ignorar las aportaciones hermenéuticas de muchos especialistas en el tema.